Rebuscando en la colección de vinilos doy con uno de Facundo Cabral. Corría el verano del 74, el del bautizo profesional, cuando el redactor jefe me encargó entrevistarlo. Estuvimos tres horas dale que te pego. Su vida cambió el registro, surgió dejar colgado lo que había empezado a plantar propulsado a seguir su gira por esos mundos de Dios. Justo antes de nacer el padre se dio el piro y cuatro de sus seis hermanos murieron de hambre y frío mientras él se quedó mudo sin pronunciar palabra hasta los nueve años. La madre le dio cuarenta pesos y lo puso en el tren. Era la manera de salvarlo de la miseria.
Transitó hasta Buenos Aires solo durante meses con el propósito de presentarse ante Perón. Aunque parezca de novela, lo consiguió y Evita le proporcionó casa y empleo a la familia. Tras el internado en un reformatorio donde un cura lo bendijo con la lectura de Borges y alguna que otra propuesta espiritual proveniente de La India fue sacando cabeza como cantor y compositor hasta hacerse un nombre. Cafrune se empeñó en que le hiciese una letra, lo que le daba mucho pudor hasta que un día que se encontraron teniéndola ya en la cabeza, tomaron vino de más, la arrulló en un boliche medio vacío, el destinatario se la pidió al día siguiente para grabarla pero él ya no la recordaba. Unos conocidos los invitaron a cenar y la anfitriona le regaló la canción en un casete. Es la composición que le cambió la vida y lo llevó a actuar en confines impredecibles: «No soy de aquí ni soy de allá».
Solidificado su reconocimiento internacional, cuatro años después de la entrevista que le hizo a uno quedarse prendado se enfrentó al accidente aéreo en el que se dejaron la vida su mujer y su hija de un año provocándole una depresión profunda con pérdida temporal de la vista, olvido de los ocho idiomas que hablaba y, con posterioridad, severas complicaciones de salud y una progresiva ceguera que desafió subiéndose a los escenarios hasta el final de sus días sin dejar de disfrutar de los atardeceres, los clásicos y una reunión de amigos. Para quien no lo sepa, no se lo va a creer, pero este hombre que era un pacifista, un alma libre sin propiedades de ninguna índole murió acribillado a balazos en Ciudad de Guatemala a manos de unos sicarios que buscaban ejecutar al empresario que lo contrató y que yendo al volante, en cambio, se salvó de la emboscada. A Facundo Cabral le dio tiempo a exprimir al máximo su fecunda existencia, la de un pibe analfabeto que se puso en marcha con el único empuje de evitar mirar hacia atrás. No me lo volví a cruzar y nunca he dejado de verlo.