El Ave Fénix

La mañana se despereza. Junto a un otoño radiante, el amanecer hace honor a la tierra. A la altura del Campo Grande el rocío se cala en los huesos. Un mes antes, una columna de pavos reales residente en el parque se distribuía por las terrazas del paseo colindante donde los más habituales los surtían de tenebrios y alfalfa mientras desplegaba la cola ante la fascinación y la inquietud de los nietos de cinco años cogidos de la mano. En esta ocasión, sin criaturas que valgan despertándote la sonrisa, dos buenas colas forman la terminal de Valladolid. El ave a Valencia hace su aparición con media hora de retraso y los pasajeros del de Alicante son desviados hacia una espera a la intemperie. Está previsto que ambos convoyes ocupen la misma vía. El semáforo que delimita la estancia de uno ante la llegada del otro aparece en rojo. Antes quizá no, pero hoy los ojos se clavan en él. Al igual que, de seguir el plan previsto, esta ciudad lucirá en breve los carteles de un cabeza de lista de nombre Óscar Puente que será el que más llame la atención dentro de la suelta de pavos reales.

   Una vez sentados aquello se pone en marcha y pega un frenazo. La gente se mira sin decirse nada. Se trataba de una falsa alarma, hay que darle distancia al que partió primero. La mesa del centro con tres asientos vacíos permite desplegar diarios, móvil y botella de agua sin que nadie se incomode. Los que sí dicen, y mucho, son los perfiles de los infortunados que dejaron de soñar en un lugar de La Mancha. La respiración es la misma que la del viaje a Praga poco después de lo ocurrido en las Torres Gemelas. De adorar el avión a temer el vuelo de principio a fin. Lo que menos interesa en el vagón es saber si esta bandera de la velocidad va a llegar con unos minutos de adelanto, veinte de retraso o a la hora prevista. Lo único, alcanzar el destino en paz.

   Pero la vida sigue y lo que se nos viene encima no hay quien vaya a sortearlo. Todo lo contrario. Esos a los que ya conocemos de sobra se encaminan a retomar la velocidad punta. Ante el desnortado cuestionario empleado en su matinal por Intxaurrondo, Tellado la coge del cuello y no la suelta. Sánchez reaparecerá en Valencia y Feijóo en Pucela. Uno irá al foso de Mazón y el otro a la cuna del ministro de Transportes. Todo sea por hurgar en las calamidades para alumbrar el futuro. Afortunadamente la mayoría silenciosa reacciona a estímulos diferentes. Rafael Hernández era pasajero del primer vagón del ave, uno de los más afectados y que se llevó por delante al Iryo. En su estado nadie daba un duro por él entre los especialistas del Hospital Universitario de Toledo. Su mujer e hijas, que allí siguen, sí. Con su padre sedado en el box de la UCI, Carmen se puso a cantarle al oído «Si te vas», de Robe Iniesta, una de las melodías de toda la familia acompañada de un rotundo «Papá, tú no te puedes ir». Y días después, tras despertar de manera gradual, la mujer muestra el vídeo de su marido dando toquecitos con los dedos sobre la camilla al ritmo de «Si te vas, me quedo en esta calle sin salida». Encontrarla es la cuestión.