Vestirse por los pies

Unai Simón es un chaval alavés nacido en Murguía, que poco a poco fue integrándose en la radial del Athletic, que disputó tres amistosos con el Elche cuya cesión se deshizo sobre la marcha por los traspasos veraniegos de última hora y que hoy no solo se ha metido en vena lo que significa pertenecer a esa institución, sino que ha pasado a formar parte destacada de la historia de un club que cuenta con seguidores donde menos te lo esperas. Y ha adquirido una mayor relevancia después del discurso que se marcó en la gala del Balón de Oro al recibir el Yashin como mejor guardameta mundial. Un texto perfectamente hilado, expuesto con serenidad, de la forma tan directa con que suelen hacerlo en el norte que lo parió y donde, rodeado de un sinfín de estrellas pertenecientes a otra galaxia, puso el énfasis durante su repaso meticuloso en las personas que realmente merecen la pena destacando que lo importante del legado que se deje está en ser reconocido como buenas personas y buenos compañeros más allá de los triunfos que se tengan. Con tal de lograr tener la cabeza así no usa redes sociales, lo que le ha abocado al sesgo irónico de admitir que protege mejor su intimidad que la portería. En su razonamiento ante la pléyade de futbolistas y mandatarios alabó los valores inculcados en casa con una madre ertzaina y un padre guardia civil, lo que ha servido para que en algún desplazamiento cercano escuchase por parte de un numeroso grupo «Unai Simón, hijo de puta, ojalá te mueras». Son muchas las ocasiones en que uno se pregunta cómo es posible que siga con devoción los vaivenes del juego con la peña que lo puebla dentro, fuera y alrededor de las áreas de castigo, pero menos mal que ha venido Unai a hacer posible no avergonzarse al menos durante unas cuantas jornadas.

     Mientras transcurría la cita en el London Palladium Theatre, en Sevilla se velaba el cuerpo de Alfredo Sánchez Monteseirín, su alcalde más longevo desde que los elegimos y el que transformó la ciudad a renglón seguido del tsunami que supuso la Expo con actuaciones que se han convertido en polo de atracción y que en su día sirvieron para que le dijesen de todo. Peatonalizó arterias emblemáticas; introdujo el Metrocentro; plantó Las Setas, un mastodonte a base de madera y hormigón en forma de pérgola, enclavado en una plaza tradicional, transformado años después en icono, además de apostar por revitalizar el puerto, compañías como Cruzcampo y empujar para que Airbus se implantara con la creación de empresas auxiliares, un campo, el de la industria, en el que reina un déficit ancestral al contrario que en el del número de nazarenos por metro cuadrado. Ni que decir tiene que hoy lo ensalzan sobremanera los de formaciones contrincantes y los de la suya propia que le hicieron la vida imposible. A la hora de despedirse sacó pecho por los muchos aciertos, resaltó el haber cumplido con el deber encomendado y el irse ligero de equipaje pero, eso sí «lleno de risas y travesuras de niños que juegan a esta hora en cualquier espacio público reconquistado a los coches». Su padre me metió el veneno en su clase de Lengua, era más bético que el que lo fundó y me daba algunos lunes que para mí quedaron. Al hijo, que heredó todas las creencias y valores paternos, le tocó lidiar durante su mandato con buena parte de las conquistas futboleras más sonadas de los contornos y recibió a los campeones, una y otra vez con una sonrisa maja, resaltando la resonancia y el polo de atracción que suponían para la ciudad las gestas del… eterno rival. Mejor, imposible.

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