Ciento treinta años atrás se proyectaron en el Price las primeras imágenes en movimiento y, a los pocos días de aquel 11 de mayo de 1896, se pasaron unas de los hermanos Lumière en los bajos del hotel Rusia en la Carrera de San Jerónimo. Y a esas calendas corresponden las dos primeras películas al parecer hechas aquí. La primera es una de soldados españoles con bigotazos, muy viriles, y bailando todos agarrados, con lo cual estaríamos de alguna forma ante la primera cinta gay de la historia. No se puede negar que somos pioneros en descubrir mundos ocultos.
La creatividad acumulada a través de los siglos no tardaría en hacerse notar igualmente a bordo del metraje. El espíritu que irradió la Institución Libre de Enseñanza en la vocación artística conduce a pensar lo que hubiera sido de partida el cine español si Buñuel no se hubiese tenido que ir y, con el cinematógrafo, el resto de áreas radiantes. Previamente, el mejicano de Calanda salvó la vida de Sainz de Heredia con lo complicado que resulta hoy en día que los opuestos lo consigan en el fragor de una simple discusión. Unos hachas sí que somos batiendo récords. Berlanga se convirtió en el director al que censuraron unos cuantos regímenes: dictadura y monarquía antes del 30; la República en el 31 despeñando «Las Hurdes» y más tarde «Viridiana». Marco Ferrari, cuando venía a España, solo caminaba por una acera de la Gran Vía porque en toda la otra debía los zapatos, un traje que se hizo, las comidas… Azcona llegó al rescate desde «La Cadorniz» y juntos escribieron «El cochecito» y «El pisito». Como saben esta última trata de una pareja con 12 años de relaciones a sus espaldas, sin horizonte de encontrar casa él vive realquilado y los amigos le insisten en que se case con la inquilina a la que le queda poco de vida para de ese modo heredar el alquiler. El Gobierno ha estado a punto de sacar un tercer decreto con esta fórmula, pero se ve que quieren afinarla más.
Dos historias estas que abocaron a Berlanga a concluir que necesitaba endosar mayor acidez a las suyas, de donde nace la sociedad con el guionista riojano y llegan «Plácido», «El verdugo» y demás hasta dar con «La escopeta nacional» donde montaba una coreografía casi musical, con la cámara moviéndose, entrando y saliendo por habitaciones sin los medios tecnológicos de la actualidad. Tras aquellas dos, Saura compone «La caza» a mediados de los sesenta, que tampoco es manca, con la impactante metáfora de los tiempos que aún se estaban viviendo, esos que hoy jalean algunos mocitos como si aquello fuera el jardín de las delicias. Cineastas concatenados que eran reconocidos en el exterior y desdeñados dentro hasta donde fuese posible. No obstante, los aldabonazos se sucedieron. Dejó constancia Cela en «La colmena» pasando la bandeja entre la necesidad que consume a los poetas y el dinero fácil que sale de los negocios ilegales a cargo del otro bando. Y qué decir tiene que, para que te estalle la cabeza, está ese laberinto rural alrededor de las insalvables clases sociales para las que el futuro es un cristo en la adaptación de «Los santos inocentes» de Delibes. A decir de Fernando Trueba, «La niña de tus ojos» es la historia del cine español, de los que tiraron para Berlín durante la guerra y donde se demuestra hasta qué punto, con ingenio, se es capaz de sacarle la sonrisa a una aventura repleta de penuria y contrariedades.
Desde que las populares españoladas pasaran a mejor vida hay paisanos a los que buena parte de nuestro cine se le hace bola. Y en estos días ni les cuento.