Las huellas imborrables

Es la tarde en la que llevamos la nueva tragedia a cuestas. El recinto ha quedado pequeño. Los presentes se han acercado al Gil Albert para ser arropados por la bonhomía de un narrador como Julio Llamazares, encuentro que echa a andar bajo un minuto de silencio. El escritor, nacido en un pueblo leonés que quedó sepultado por el embalse, ha venido a hablar de un viaje. Ese que realizó sobre las huellas de su padre en el frente entre Teruel y Castellón a fin de intentar poner en pie sensaciones que marcaron para siempre la existencia del joven soldado y que se perdieron por el hueco de la falta de interés del vástago y el temor a revivirlas del sufridor. De cualquier modo no se adelanta nada con fustigarse. Aún sin guerras de por medio, buena parte de la nómina, esencialmente varonil, habla más con el progenitor una vez muerto que cuando teniéndolo al lado en la salita pudieron hacerlo. Así es que se puso en marcha a fin de solventar la deuda moral que arrastraba consigo mismo y se fundió con el trazado bélico noventa años después, repleto de vías y estaciones sin actividad alguna en medio de la España abandonada, lo cual irradiaba sin embargo en el auditorio una sensación de sosiego en comparación con el tormento que golpe a golpe despierta en estas horas la alta velocidad.

Nemesio Llamazares se chupó la ruta de ochocientos kilómetros hasta los campos de batalla en el regimiento de transmisiones junto a Saturnino Díez Tascón, estudiantes de Magisterio alistados juntos en el 37, amigos hasta el final de los días del primero. Los libros, al ponerse en circulación, adquieren a su vez vida propia. Y, gracias a esa simiente, el escritor fue espolvoreando la alocución de estampas que levantaron el ánimo de los presentes. Un periodista le remitió una publicación y, revisándola, se topó con una foto en la que aparecen juntos los protagonistas de «El viaje de mi padre». Y una mujer, que era una cría en uno de los lugares donde se batieron y a quien los radiotelegrafistas le proporcionaban chocolate y no sé qué más en la merienda, se tiró media vida intentando dar con ellos para agradecérselo, solo recordaba que tenían unos nombres muy raros y confesó que anduvo en un tris de recurrir a «Quién sabe dónde» con tal de localizarlos.

   El resultado a lo largo de sus más de trescientas páginas no estriba solo en trasladar lo que cuesta digerir una guerra entre hermanos ni que algo así sea solución de nada. Tampoco, avanza el autor, un libro salva el mundo, pero sí estima que puede «aportar luz sobre lo peligroso que es el odio y los llamamientos que últimamente vemos. La desmemoria es una forma de ignorancia, porque si tú ignoras cómo fue el pasado, puedes acabar incluso idealizándolo, como ahora hacen muchos jóvenes». Menudo viaje nos espera.

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