Desde la sombra

Se llama Iván Redondo, es de San Sebastián, tiene 37 añitos, carbura a velocidad de vértigo y ha sido el estratega en la sombra del cambio operado en Pedro Sánchez. En plan Borgen, este analista se considera un Spin doctor que, según él, no es más que alguien dispuesto a tirarse a un barranco por su cliente. Nos esperan, pues, días de gloria. Hagan sus apuestas.

Pese a figurar como el Chief executive oficcer de Redondo & Asociados Public Affairs Firm, siempre le ha seducido pasar al otro lado del espejo. Y aunque en 2007 se quedó detrás de García Albiol tras empujarlo a «limpiar Badalona de inmigrantes», cuatro años después se introdujo en Extremadura y ayudó a Monago a darle el pasaporte al pesoe, por lo que el mandatario del pepé lo ungió con rango de consejero. Pero su cabecita lo lleva a explorar terrenos desajustados. «Siempre estoy con la víctima; es una debilidad». La prueba es que ve más interesante el periplo de Clinton que los de Reagan y Obama. ¿Que por qué? Porque el marido de Hillary tuvo que recomponerse tras pegársela intentando ser reelegido en Arkansas. Estaba claro cuál tenía que ser su reto aquí.

Así que justo un año atrás lanzó desde su blog que Sánchez podía ser presidente a través de una moción de censura y a éste le faltó tiempo. Pasado el verano lo colocó a su lado y un ala del partido le dio la bienvenida. Fernández Vara exclamó: «¡Y lo que nos quedará por ver!». Lo que nos ha quedado por ver ha sido un pretendiente arrebatadoramente institucional el día de la apuesta con la moción, sorprendiendo al adversario con esa petición de retirada y, tal como llevaba indicado, «si tú te sabes superior, contención». Dado que Redondo observa además unas buenas relaciones con el peneuve, blanco y en botella.

El admirador de Julio Feo y jefe de Gabinete del actual inquilino de la Moncloa, al que le habría encantado cogerse a Felipe, cree que una asignatura en la facultad tendría que ser House of cards, la serie en la que un político se venga de quienes lo han traicionado. Sabrá que es ficción, ¿verdad?

Parada y fonda

Mientras que, con sus designaciones, Sánchez ha querido taponar el contagio independentosco y el grano susanista dentro de las vías de agua con las que se ha encaramado antes de plantearse hacer frente siquiera a la fetidez que sueltan las cloacas del Estado, en el partido descabalgado lo de taponar tampoco es que quite el sueño. ¿Y el olor? ¿Qué olor por Dios?

Antes de tomar la palabra Rajoy, los miembros del comité ejecutivo accedieron a la reunión sin quitar ojo al que llevaban atrás y a cualquiera de los que venían cerca. Los afectados saben que hay muy poco que repartir. El barullo es de los que hacen época; el baile, exprés. La vice y los ministros empadronados aguardan a ser recolocados por el hemiciclo, bar aparte. El frío arrecia fuera y nos devolverá a los que, al contrario que el resto de mortales, un día pudieron marcharse temblorosos de placer. Jorge Moragas lo hará desde Nueva York donde no le ha dado tiempo ni a cruzar el puente de Brooklyn y ese toro enamorado regresará de parís, tras cerca de tres añitos en los que Wert ha disfrutado de su luna de miel y, el resto, de no verle entrar al trapo. Se ha pagado una buena factura, pero nos hemos ahorrado cantidad de retortijones.

Y luego están los pocos que permanecen en el machito. Uno de ellos, el presidente de la región de Murcia quien, en la misma jornada en que el pesoe presentó la moción de censura, no le dolieron prendas en pedir perdón por el gurtelazo, dijo fastidiarle lo que hicieran «unos sinvergüenzas hace veinte años» que «nada tienen que ver con él ni con su gestión» porque por aquel entonces, recordó López Miras, «estaba escolarizado en los franciscanos aprendiendo a tocar la flauta dulce».

Tras glorificar reiteradamente lo hecho, Rajoy entonó el adiós no sin antes propinar un zurriagazo a Aznar al subrayar que él estará a las órdenes del nuevo presidente. Nada más acabar aquéllo, Feijóo se vistió de lagarterana y otros fueron a hurgar en lo que toca con atuendo de camuflaje. Hasta los franciscanos están en guardia.

Cuando te crees Dios

La semana arrancó explotándonos en la cara a los que sentíamos veneración hacia el cura que fue de Santa María dado que por talante, aspecto y energía lucidos a los 89 tacos, no pocos andaban convencidos de que tenía un pacto con el diablo. Victorio Oliver fue abordado por un desconocido que empezó a contarle su vida durante la que, cómo no, hizo referencia a Antonio Vivo. El obispo emérito cogió el bus de regreso a la morada ya que, al igual que ha ocurrido con monseñor Pablo Iglesias, ha sabido adaptarse al presente. Nada más terminar la cena en la casa sacerdotal comentó con Vivo lo ocurrido y subieron juntos a la planta en la que eran vecinos. El primero se retiró, pero Antonio hizo unos cuantos largos y se fue a sus aposentos dejando de respirar en la cama el mismísimo día de la santísima trinidad. Desvelado, pues, el misterio: nuestro cura no era inmortal.

Y aunque él estuviese convencido de lo contrario, Rajoy, tampoco. El ya expresidente del Gobierno se creía inmune a todo cuanto se generó en las alcantarillas del edificio que, en sucesivas oleadas, ha salido a flote y ha rociado el ambiente de un aroma difícil de soportar. Una cosa es que Cospedal, Rafa Hernando y el resto del coro intenten dar salida a desviaciones constatadas a través del «top manta» y, otra, que el patrocinador se apunte al bombardeo. Desde su atalaya no tuvo en cuenta revuelta alguna y ha acabado el agónico periplo como el pato mareado de las celebradas caminatas, más propias de Tony Leblanc yendo de la casa de campo al gimnasio, pero sin su estampa. Al creerse tan fuerte ha despreciado la capacidad de movimiento de Sánchez. Y, siendo cierto que casi nadie veía a éste con pinta de dar el golpe, el único que no podía confiarse era uno y mucho menos con el currículum de renacido que se gasta el mocetón, el mismo que va a necesitar elevado a la máxima potencia para salir de ésta.

Hay que reconocer que el adiós que se produjo antes lo marcó un rictus de serena placidez. Me refiero al del cura, claro.

Un cura singular

Decir Antonio Vivo es decir Alicante. Está tan imbricado en infinidad de aspectos de la ciudad y de su geografía humana que, con su ausencia, costará reconocerla. Ir con él por la calle era echar el día. Lo paraban, le consultaban, lo agasajaban… Pese a la enorme tarea desplegada en el orden educativo, sacerdotal, investigador, asistencial, movilizador y espiritual aún le parecía poco. Con la décima parte de lo impulsado a lo largo de su fértil y prolongada andadura, cualquier mortal estaría hecho unas castañuelas. Él, no. Él seguía pensando en lo que quedaba por rematar. Ése era don Antonio. Un caso.

El gran credo que ha guiado a este cura singular ha sido el de la justicia. Y ha peleado por ella en las condiciones más adversas, conviviendo con una serie de postulados de la Santa Madre Iglesia de los que disentía a rabiar y, pese a formar parte del mismo, rebelándose si hacía falta ante el cogollito más tradicional de Akra Leuka que no es moco de pavo. Pensé en él al leer este domingo a Jesús Prado referirse a que «en la evocación de aquel tiempo de sonoros silencios, muchos de los que eligieron esta actitud deberían ejercitar la escasa virtud de la autocrítica». En octubre de 2001, inmerso de lleno en la época a la que el periodista se refiere, el rescatador de la basílica de Santa María se mojaba hasta los tuétanos al respecto dejándolo publicado en este caso para disipar dudas: «No es posible el desarrollo de la democracia desde el gregarismo donde prevalecen actitudes serviles. No siempre el poder político tiene los colaboradores y amigos que necesita. En una sociedad hipócrita es admirable el coraje cívico que alienta la necesaria osadía de hablar con luz propia, esa que afronta los riesgos que comporta el ejercicio de la libertad superando las lealtades impuestas».

No podía disimular que lo suyo era el magisterio. Si a alguien cercano se le nublaba la vista, proporcionaba claridad y estaba al quite sin esperar nada a cambio. Su recompensa la hallaba en la amistad que le salía al paso. Ve con Dios, Antonio.

Conducción temeraria

Zaplana vería la final de la Champions entre el griterío de presos intentando que no le rondara la cabeza el trasiego compartido en el antepalco del Bernabéu, las jornadas de partido en las que el atrezo de copas y canapés dejaba paso a una lista guapa de contactos donde los gestos para quedar en un reservado se imponían por goleada a las, para el vulgo, controvertidas estrategias simplemente balompédicas.

Para entonces el galán, que desde la casilla de salida dejó claro a qué venía y que el modo era hacerlo a bordo de un Opel Vectra 16 válvulas porque sí, se había doctorado en el fecundo arte de hacerle creer a la afición que arribó para representarla, tutelado en todo instante por ese prestidigitador del morro torcido que es Aznar, santo y seña del antepalco solo en momentos escogidos. Desde la rampa trazada en Benidorm, retorcer la realidad no le produjo nunca quebranto alguno al alumno aventajado, ya fuera sustraer la mayoría absoluta del adversario con la pieza de repuesto que le faltaba ni, por orden cronológico, torpedear por tierra, mar y aire a la cabecera impresa que osara cuestionar su mando en plaza ni asfixiar al malandrín universitario que no hincase la rodilla ante su presencia ni desalojar a quienes, a base de contraponer criterio, pusieran trabas a la determinación de apropiarse del instrumento financiero a mano con tal de llenar la sala de trofeos, aunque fuera a costa de congelar el avance científico ideado en el campus o de acabar por expoliar a todo quisque, como terminó sucediendo, la vida que la obra social reportaba a una amplísima geografía.

La suya propiamente dicha tampoco es manca y las horas muertas, proporcionadas por la perversión del despacho vacío de contenido en Telefónica, han podido convertirse en la trampa que lo empujaran a detallar en cuatro folios el circuito a través del cual el flujo esquilmado volvería al bolsillo. Todo un amasijo de ambición, amoralidad y engaños que lo han conducido a desperezarse hoy en la celda asignada. Él sabrá si le ha merecido la pena.

El canto del cisne

Escucho a Monedero sentenciar que deberá ser la gente la que decida sobre «la permanencia de…» y también se cuela Verstrynge –¡madre mía!– demonizando a todo bicho viviente con tal de salvar la cara de los promotores del referéndum. Pero no sé cómo salta una foto de La Clave con Guerra, Fraga, Arzallus, Carrillo y Roca dispuestos a debatir sobre la tarea diaria de construir el denostado régimen del 78, tan antigüito él. La pipa se consumió en vísperas de que los españoles fueran forzados a refrendar el designio que el Gobierno tenía comprometido y, para cuya permanencia –atlántica en este caso; no serrana–, al pesoe se le vio el plumero hasta el extremo de borrar de La Primera a Krahe con su Cuervo ingenuo dedicado a Felipe, esa que vitoreaba Pablo Iglesias cuando aún andaba conociéndose. Del «otán, no; bases fuera» al «chalete, ¡ea!; bases dentro». Como para no despreciar la transición. Menos mal que se evaporó aquello que, si no, a Balbín hoy le da algo.

Desde que la burbuja inmobiliaria ha vuelto a hacer de la suyas, creo que no se ha resaltado suficientemente la vena feminista de la que el secretario general de Podemos siempre ha hecho gala. Permitir que, en primera instancia, fuera ella la que tuviese que dar la cara y pasara el mal trago estando además embarazada deja patente su decidida apuesta por la igualdad, hasta el extremo de que, al día siguiente, no quiso comparecer sin la pareja pegada. Estoy convencido de que un año de estos saldrá por libre entonando el «saben aquel que diu; sí, hombre, en forma de simulación en diferido». Y será por fin de lo más coherente ya que ha propiciado para la formación de gobierno algo que parecía fuera de su alcance como es investirse de ironía fina y, tras el consejo de ministros, consagrar al portavoz: «Nos felicitamos de que este crecimiento integrador permita a los más jóvenes emprender un proyecto familiar, adquirir viviendas y acceder a la hipoteca». Por mor de la consulta, Pablo e Irene salvarán los muebles. El espíritu podemita les cabe de sobra en el trastero.

Subidos al ring

Como entraba en casa, me aficioné de crío a leer el periódico iniciándome con deportes, que era lo que tocaba. Pronto me incliné por los que escribían diferente. Mis hermanas aún me lo echan en cara: «Al niño solo le gusta lo bueno».

Así me tiraba de cabeza a las crónicas de Antonio Valencia y de Fragoso del Toro y me quedaba enganchado con pasajes pugilísticos de Manuel Alcántara, que practicaba nuevo periodismo pegado al ring de donde le sacaba una espinela al baile de Legrá en el décimo asalto, de Fernando Vadillo y de Julio César Iglesias, a semejanza de lo que ocurriría con la crítica taurina de Joaquín Vidal, pese a que ni el boxeo ni los toros sean lo mío.

Con los estertores del régimen, que no se acababan nunca, un regimiento se metió Triunfo en vena, Ajoblanco, Cuadernos para el diálogo, La Cordorniz y Hermano Lobo con tal de seguir las huellas de los Forges, Ops, Gila, Summers, Vázquez Montalbán y Haro Tecglen dentro del manojito que ya empezaba a barruntarse que tampoco era bueno hacerse tantas ilusiones. Pensando en la profesión, había que hacérselas. Rosa Montero engatusaba con sus tête à tête novelados y Pedro Rodríguez llevaba tiempo de barroquismo de alta graduación. Qué retrato de Emilio Romero no fabricaría en Benidorm que la cordial queja del prócer fue de las que hacen época: «Es que me ha hecho una entrevista en la que quien se luce es él mismo». A esto no le quedó más remedio que abrirse y por un lado entró la pólvora proveniente del Post y por otro la arrogante seducción de Tom Wolfe. En el interior fueron años de búsqueda mezclada con el ansia de los lectores por acceder a claves dentro de la exaltación de la independencia… editorial, por Dios. Ante obstáculos propios del camino, empresas aceptaron que se puede ser de un banco y no estar loco y curritos se fueron a terapia donde, pese a que a los enganchados nos parezca increíble, descubrieron que del periodismo se sale. El caso es ofrecer una primicia.

El eslabón perdido

Tras la situación traumática experimentada por su formación en el Ayuntamiento de Alicante, Manolo Mata, a la diestra de Ximo Puig en el partido y síndic socialista de las Cortes, se ha sacado esto de dentro: «Lo que había era una crisis política porque Echávarri no fue capaz de generar empatía con sus socios de gobierno ni con nadie». Si estamos hablando de una catarsis, las he visto mejores.

Para ser alcalde hay que servir. pese a la frase hecha de que «es el puesto más bonito al que se puede aspirar», no es ninguna bicoca. El que accede ingresa en una farmacia de guardia. Ha habido alcaldes y alcaldesas muy populares, algunos de los cuales conocían a todo quisque. Tanto que, al cruzárselos por la calle, iban llamándolos por el nombre. El ahora oscuro objeto de admonición por parte del número dos del pesepevé no solo era escasamente conocido sino que, por lo visto durante la posterior actuación al frente del cargo, fue el mayor logro que tuvo de partida: que ni los suyos en Valencia se hubiesen preocupado de catarlo.

Porque, mi respetado síndic, la empatía, ¿nace o se hace? Los pocos que conocían a la apuesta de Ángel Franco para tomar el relevo del bienio horríbilis de los otros sabían de sobra que entre sus virtudes –alguna tendrá– no figura la de ser capaz de relacionarse ni con su sombra. Y claro, siendo así, de alcalde, lo llevas crudo. A la fatiga que acarrea entenderse con los socios de coalición, al tute que representa atender las demandas de vecinos, comerciantes, festeros y el resto del mogollón hay que sumar las exigencias que, para proyectos en común, te van a plantear los patrones del puerto, la uni o la oficina europea que, aunque parezcan de la misma cuerda, no están ahí para reírte las gracias y, mucho menos, si no la tienes. De anhelar una ciudad amable, ya ni hablamos.

No es extraño, pues, que independientes, a los que Mata and company andan lanzándoles propuestas para que sean cartel, inquieran: «¿Es que me veis arisco?». A lo que responden: «No, tú no; los votantes».

El puñetero arbusto

Tengo a Javier Cercas enfrente con un grupo de jóvenes dedicado a indagar en la literatura hispánica. Ya lo ven. Afortunadamente, hay gente p’a to.

Lo último que me eché a la cara del escritor extremeño, afincado en Girona, fue una reflexión sobre la advertencia de un amigo americano que le decía que, «en cuanto un novelista opina de política, es malo para la gente y para él, pero sobre todo para las novelas». Y le añadió: «¿No me digas que, con esas manifestaciones, creíste que ibas a contribuir a paliar la incompetencia del Gobierno español que no entendió que no se puede parar un intento de golpe de Estado en el XXI con instrumentos del XIX y que es posible que no vieras venir el cóctel de victimismo, egoísmo económico y narcisismo supremacista aliñado con chorritos de xenofobia con la de historia que has leído?». Conocedor de que el autor de Soldados de Salamina contestó que «no es lo mismo leerla que vivir la historia» tenía interés en apreciar hasta qué límite tenía alterado todo este proceso –nunca mejor dicho– a un tipo de su cuajo. Y, afectado por lo que la sinrazón ha tocado del ala al ámbito familiar, es difícil que algo así no trastoque tu temple.

Ya no solo es que siga concibiendo la literatura como un acto de rebeldía contra la estupidez, la realidad o el poder ni que sostenga que la palabra más importante es «no», sino que introdujo que «el novelista solo puede ser valiente al igual que el torero». El puñetero arbusto, que enturbia el bosque porque, sin dejar de hacer del miedo su razón de ser, Curro Romero fue encumbrado y Vargas Llosa, sin embargo, consintió en ser entrevistado por Tamara Falcó, que a eso hay que echarle valor.

Lo que sí está contrastado es que Serrat agota con meses de antelación el papel de su gira, que algo tendrá que ver el zafarrancho que vienen montándole y que a saber qué harían si pudieran con don Quijote, montura de la lengua de Cervantes. El problema no es defender las ideas que sean, incluso las independentistas; el drama alardear de catetez y no darse cuenta.

Repertorio de lo más clásico

Justo 24 horas después de que la responsable de comunicación de Rajoy espetase «qué ganas de hacerles un corte de mangas de cojones y decirles pues os jodéis», dirigido a jubilados disconformes de un modo jocoso según la integrante del staff de Moncloa, en otras dependencias municipales, las que en Labradores, 15 acogen el palacio del Portalet, tuvo lugar una nueva sesión del máster en interpretación de guitarra clásica con la actuación de dos alumnos, el mejicano Julio Medrano y Pedro Castro, procedente de Venezuela. El repertorio de éste, un chaval de 26 años, estuvo copado prácticamente por composiciones de autores de su país y, al hacer la salutación con lo que iba a ofrecer, no esquivó manifestar el dolor que le produce leer solo noticias horrendas de su tierra sin que ello le reste un ápice del amor que le profesa. Fue desahogar aquéllo, cruzarse por la cabeza intuyo el año largo de ausencia lejos de la familia en su rincón de San Cristóbal, dentro del estado de Táchira, y pillar una plorera que no consiguió sacarse de encima. ¿Quién no se ha emocionado alguna vez escuchando a solas notas que lo retrotraen a historias que permanecen envueltas ahí en el baúl de los recuerdos? Pero que ese amasijo de sentimientos se revuelva a la vista del público en un artista joven, capaz de aguantar el tirón tragando aire, saliva y pesar resulta perturbador. A Carmen Martínez Castro, la de las irrefrenables ganas de ponerse a hacer cortes de mangas, natural mira por donde de Caracas, a su jefe y a buena parte de la cúpula del partido que lo sustenta se les ha llenado la boca un día y otro de denunciar que los estragos en la población del régimen venezolano no tienen un pase. Ahora bien, quienes no lo tienen aquí son esos paisanos entrados en años que llueva, ventee o salga el sol por Antequera le señalan en la calle a los gerifaltes que ya está bien de asestarles tanta indignidad. Lo expresado jocosamente por la mano derecha del presidente ratifica algo de sobra conocido: que no es la economía, estúpidos; es el desprecio.