Veo el Atleti–Madrid con La vanguardia entre las manos. Más no puedo hacer. El nano saca todo lo que lleva dentro y reta al mandamás culé a tranquilizar a la masa recordándole que, de no certificarse la renovación, Messi podría darse el piro gratis el 1 de enero. A continuación, Interviú desgrana el destape. Según la revista, el de Rosario anda preocupado por las consecuencias del prucés para el club y para su carrera por lo que la respuesta la mantiene en standby hasta ver si el panorama se aclara. Por mucha dosis de verosimilitud que se le quiera rebajar a la teoría, Serrat debe haberse puesto la mar de contento y Florentino, excitado y entregado al independentismo por lo que a este área de castigo respecta. Enric Juliana, analista de la cabecera catalana por antonomasia y enclavado profesionalmente en la metrópoli de Carmena por mucho que le fastidie a esa manada uniformada, actúa, pues, de centrocampista y, al no perder de vista el global de la competición mira con otros ojos y lo que ve es que esta tierra donde habitamos «vive un momento interesante de estabilidad política, recuperación de las exportaciones… un gobierno de centroizquierda amigo de la actividad empresarial, empresarios comprometidos con su comunidad y una cierta voluntad de no reincidir en aquella borrachera especulativa… En el siglo XV, con motivo de la extenuante lucha entre los dos partidos medievales catalanes, la Biga y la Busca, la Generalitat se hundió, la ciudad de Barcelona entró en decadencia y emergió Valencia». No hay más que mirar la clasificación y constatar que, allá por donde vayamos, quien ha llegado previamente ha sido Mercadona, mientras en el territorio en cuestión se agudiza la bipolaridad: sale en El periódico que el 60% de encuestados ve más perjuicios que beneficios en la apuesta secesionista, al tiempo que, para el 21-D, el sondeo otorga mayoría absoluta al independentismo aunque encarcelados abracen el 155. Pobre nano. Solo le queda ya que, al volver de la Grand Place, Puchi se pida el cupo devolviendo a Txingurri.
Autor: fesquivel74
De lo más granado
El tal Marjaliza, con cuyas andanzas la voladura del plan que gastamos debería estar garantizada años luz antes que con las de la Cup por la pinta sistémica que luce, ha declarado en la gala Púnica que le pagó a Granados, de profesión alto cargo, las campañas electorales desde el siglo pasado, Josemari, escopetas, emisoras de tele, viajecitos a Ibiza, quince años de mordidas a personal diverso y que, quien fuese puntal de Aguirre, le alertó de que los carros de currefú con documentación los quemara en un día con niebla para que los radares de la Benemérita se quedaran a dos velas. Lógicamente, el exconsejero de Presidencia madrileño ha respondido que qué le están contando.
Dado que la faena se amontona, la misma mañana, pero es que la misma mañana, la audiencia provincial de la capital del Reino resolvió juzgar a la organización que nos gobierna por destruir los ordenadores de Bárcenas aunque, al producirse la acción en el interior de la sede central, no importaba que el día abriera un pelín. Los moradores de la planta noble han comentado que la situación por la que atraviesan los tres empleados acusados es injusta, que esperan que puedan defender «sus postulados(!!!)» en torno al martilleado de ordenatas y al borrado de los discazos y se han apresurado a dejar claro que tienen garantizados los puestos de trabajo no sea que vayan a irse de la lengua.
Sí, claro, y descubramos lo que ya sabemos al igual que ocurre con otros actores, solo que ahora se les ha puesto voz por mor de los pinchazos en boga. Zaplana se ha subido por las paredes tras escuchar en su boca eso de que «Rita era un bluff absoluto, que contaba con cinco personas alrededor para que le hiciesen las cosas mientras ella iba, se reía, se tomaba un güisqui con alguno, que eso lo hacía como Dios». Tampoco es para tanto si se tiene en cuenta que debe ser la misma consideración que la difunta tenía de él. Pero bueno, con una historia tras otra es lógico que se exijan responsabilidades en serio. Y a ver si, así, Rusia para de una vez por todas.
Señales de vida
Coincidiendo con el setenta y cinco aniversario de la muerte del poeta, el Congreso Internacional Miguel Hernández levanta el telón y esta es la hora en la que ningún miembro del Gobierno de España ha atendido la invitación del alcalde de Orihuela para sumarse al tributo. El hombre se ha hartado de mandar cartas: a la vice, al preboste de Cultura, al galán de Turismo y Energía e, incluso, a la titular de Defensa con motivo del acto de una jura de bandera, que ya es buscar enganche. Pero nada. Ni ellos ni el presidente, que también ha recibido el reclamo, ni ningún otro ministro ni secretarios ni subsecretario alguno se ha dejado convencer para formar parte de este acercamiento. Y eso que los textos no iban en verso, porque con la poesía que se lee…
Amantes hernandianos pondrán, no obstante, énfasis en la dimensión universal y actualísima de una criatura a la que, dado el origen, coetáneos de su cuerda miraban por encima del hombro y que hoy han quedado sin embargo a unas cuantas yardas de distancia de la ventolera que levanta el rayo que no cesa allá por donde se cruza. Aunque se revolvió y nunca quedó quieto, aunque se comprometió con aquello que quería comprometerse, su vida y su muerte no han dejado de irradiar un hilo de sentida fraternidad y fervor hacia un combatiente de la palabra que, por designios de la historia que nos empeñamos en escribir, se vio envuelto durante su recta final en un laberinto dramático que, inmisericordemente, lo condujo a la muerte.
Así, pues, a nadie puede extrañar que los que comandan el rumbo del país muestren un interés perfectamente descriptible en estar al lado de quien, sobrellevando una penosa andadura, ha sido capaz de legarnos cargas de emoción de las que reconcilian con el género. Dado que el alcalde de Orihuela pertenece a la formación de los invitados ausentes parece claro que la confianza da asco. Y si al final no dan señales de vida, qué quieren. Será la mejor manera de que el poeta descanse en paz.
El golpe de gracia
Tras quedarse solo ante el peligro, Gabriel Echávarri ha aprovechado y, en contra de lo que pensaban sus hasta hace nada compañeros de cartel, lo primero que ha brindado a la concurrencia en este nuevo ciclo ha sido la posibilidad de seguir viendo toros en Alicante. Rematen la efigie del alcalde con un castoreño, el sombrero del picador, y verán que le cuadra que ni pintado porque en eso estriba su verdadero zen: en dar puyazos.
A Manuel Chaves Nogales no le pirraba la fiesta nacional ni de lejos. Ni la denominada así ni la de las otras escabechinas que nos buscamos y por eso murió en el exilio. Pero le dio tiempo a escribir algunos de los pasajes más deliciosos y certeros sobre el increíble don que albergamos para hacernos pupa siendo muchos de los protagonistas conscientes del sinsentido. Chaves Nogales no era ni golpista ni revolucionario sino un dandy en busca de un lugar en el mundo, que cinceló el nuevo periodismo cuando Tom Wolfe chupaba el biberón en Richmond, Virginia, y cuyos relatos permanecieron en el olvido hasta que un bendito día se descubrió de lo que somos capaces cuando nos ponemos a ello manque nos pese.
También trazó, y con qué tiento, el perfil de Juan Belmonte. Al ilustrado torero le gustaba chinchar, como a estos defensores que le salen hoy a la fiesta por motivos por desentrañar, regodeándose en no conocer las reglas del toreo ni tener reglas ni creer en ellas: «Lo siento y lo ejecuto a mi modo. Se torea como se es». Bergamín, que era de Joselito El Gallo y que veía en el belmontismo una «decadencia malsana y enfermiza», arrimó su estocada: «Lo más lamentable de Belmonte es que toreó siempre a la funerala, muy despacio y torcido». En cambio Valle-Inclán, por encumbrarlo, le dio sin querer el golpe de gracia: «No te falta más que morir en la plaza». Al no haber tenido suerte con la tragedia, el efectado se endiñó un tiro quién sabe si por asentar para los restos su leyenda. Así que tranquilos. Como para temer nada en ese sentido hoy en día.
Moscú, qué bien resistes
Qué mayor acto de justicia y de generosidad que acudir al Mundial de Rusia con una camiseta respublicana. Fueron embarcaciones repletas de críos, algunos de los cuales han permanecido desde entonces por aquellas tierras, y si no sus vástagos, para los que ver aparecer a una expedición campeona a los acordes de la tricolor no supone más que la satisfacción por el reconocimiento, tantas veces arrinconado, de que ellos también son españoles. Aunque solo se trate de un efecto óptico, tranquilos, que ya sabemos el terreno que pisamos. Los Ussía, Tertsch and company se han lanzado a la espinilla de Adidas a decirle que si no le da vergüenza y el segundo de ellos, el otro extremoderecha, ha asegurado que «la mezcla en los rombos recuerda a la bandera de Catalunya», a lo que un espontáneo le ha replicado desde la grada virtual con que no le arrebate sus señas haciéndole constar que el morado data del pendón de Castilla. Está claro: el torneo continúa al rojo vivo.
Efectivamente, cuando los dos bandos andan encolerizados a babor y estribor, si lo que se persiguiera fuese alcanzar la concordia, la única forma sería ponerse en el lugar del otro, intentar entenderlo. Y para eso ni ochenta años atrás ni ahora lo pertinente es salirse de madre. El meollito consiste en dejar de echarle guindas al pavo. Lo siento mucho, pero en la primera transición se logró gracias a concesiones y ambigüedades propias del trance y a la altura de miras desplegada por los seleccionados. Ahora da cosa contemplar a los equipazos en disputa. Pablo Iglesias ha sido cómo no el primero en romper las redes alabando la elástica, recreándose en la suerte al estilo Neymar y aplicándose en lo del fútbol con tal de no tocar el cacao maravillao que tiene su formación allá, en los confines oprimidos. Lopetegui sí que andará entusiasmado. Pensaría que, con lo de Piqué, ya se había puesto morado del todo y mira, no. Ante la que se le avecina, deben haberle entrado sudores fríos y haber visto algún que otro fantasma. Por las trazas, el de Camacho, naturalmente.
Los legajos también sitúan
No es mi intención molestar a nadie pero estoy en Valladolid, tierra de Soraya, virreina de Catalunya por encargo del gallego que nunca ha roto un plato. No quiero que se me calienten tantos otros pero el primer nacionalismo de nuestras vidas se cruzó en la escuela gracias al mapa enrollable aquel en el que España figuraba de amarillo, entre un Portugal verde y una Francia malva. En fin, que quien esté libre de pecado…
He sacado este recordatorio sobre la escenografía del aula de nuestra niñez de un artículo de Anastasio Rojo Vega, catedrático de Historia de la Medicina, que no solo se conformó con las tareas propias de su sexo sino que se entregó a la divulgación de tesoros escondidos, asomado a eso que algunos enclavan en la antigüedad como es el periódico. Que a nadie le entre un soponcio pero asisto a un homenaje in memorian al investigador en el Archivo General de Simancas, fundado por Carlos I en 1540, el primero y más antiguo de su género en… ¡la Corona de Castilla! Dios mío, me la estoy jugando. Voy a seguir apoyándome en el néctar de los legajos manejados porque, si siempre se ha dicho que viajar es una buena vacuna, no es el único método puesto que buceando en los archivos se adquiere una perspectiva que paqué. Ya en 2012, el profesor Rojo advertía: «seamos modestos, la bronca entre Rajoy y Cataluña es, para los europeos de arriba, una simple anécdota desde que los fenicios dieron el nombre de Hispania a toda la península. ¡Esos españoles! La vida da muchas vueltas y, si uno camina hacia la Edad Antigua, verá con curiosidad cómo, en la época de los césares, los castellanos estábamos sujetos al gobierno de Tarragona, vamos, que en el momento del nacimiento de Cristo no éramos castellanos, sino tarraconenses».
Historiadores y archiveros sitúan a Anastasio Rojo como una referencia en la especialidad, alaban su enorme generosidad y, pese a esa erudición o quizá por ella, destacan la humildad de no creerse nunca ni por asomo superior a nadie. Acabáramos.
En el fragor de la batalla
El inquieto Fernando Delgado presenta «Mirador de Velintonia», un esmerado guiso de recuerdos que bulló durante el fatigoso silencio de posguerra en el jardín de la casa por Cuatro Caminos en el que el venerable Vicente Aleixandre tuvo siempre reservado un moje de luminosidad y esperanza a quienes regresaban desorientados de tierras lejanas como Cernuda, Ayala o Aub, a quienes se acercaban necesitados de un soplo de aire interior que atendiera causas dispares tipo las protagonizadas por Gerardo Diego y Buero y a quienes les brotaban elementales veleidades literarias como el caso del autor. Con afán de realizar la inscripción accedo a la página del congreso internacional sobre Miguel Hernández en un año tan significativo. La tarde en la que escribo se congrega un manojo de autores para recitar una selección dentro del ciclo con el sugerente título de «Poetas y el mediterráneo». Se abren exposiciones dedicadas a representantes del género, olvidados tiempo atrás. no sé, algo está pasando. La lírica como refugio quizá. Ante tanta mamarrachada y la necesidad de elevar el espíritu, no solo de coachs vive el hombre. También puede que influya el otoño. Por esta franja solo falta la lluvia. Pero estamos sedientos, más si cabe. Así me bebo lo último de Juan Manuel Villalba sobre la propia tarea de escribir: «Ya puedes olvidar tu vida/asume que carece de interés literario incluso para ti/aunque te duela/aparta las canciones ya cantadas/no intentes descubrir lo descubierto fingiendo ser el único, el que llegó primero/olvida ya el amor, no es nada nuevo/Incéndialo en secreto, sin testigos, que nada quede escrito, que nadie sepa nada/retira los espejos, olvídate a tí mismo, sin que eso te impida recordarte todo lo que no eres porque ese sí eres tú/fulmina los aplausos que tanto necesitas/Si quieres ser palabra, no oigas, enmudece/deja la pirotecnia para la infantería/Y ahora, con las manos vacías y con frío, atrévete a sentarte y cuenta la verdad». Es ahí cuando no puedo evitar pensar que va dirigido a Puigdemont. Qué desastre.
Secuelas de la ingratitud
En las horas más chiripitifláuticas de nuestra reciente historia si no fuera por los efectos diabólicos del suplicio, y dentro de uno de los encuentros atiborrados de análisis, Albert Solé no pudo por menos que arañar unas ráfagas en su adiós: «solo dejarme un micro segundo. soy hijo como sabéis de Jordi Solé Tura, de la generación que hizo la constitución, y viendo a quienes están encabezando esta dicotomía pienso qué lamentable generación de políticos tenemos ahora». no suele ser fácil pero, con su alegato, puso de acuerdo a todos los intervinientes.
Él y Puigdemont son del mismo año, del 62, y ambos cuentan con formación periodística. El president comenzó haciendo crónicas futbolísticas por los campos de regional y llegó a desempeñar tareas de redactor jefe en El Punt. Rompió con aquéllo –qué raro–, se especializó en aplicación de nuevas tecnologías y, a la salida, se montó hasta hoy en cabalgaduras subvencionadas como la de Catalonia Today, un periódico en inglés. al estar amortizado en el desempeño actual, no hay que descartar su regreso a las redacciones. Es lo único que le hace falta a este oficio.
Albert, por su parte, creyó que era francés. a los dos años le dijeron que no, que era húngaro, por lo que se hizo de Kubala a muerte y, a los nueve, le revelaron la verdad. Así arranca el documental «Bucarest, la memoria perdida», que es donde nació en realidad el nene y que recorre el andén por el que su progenitor dejó atrás una existencia de clandestinidad, sufrimiento, lucha y gran esplendor a lomos de la costosa libertad: el del Alzheimer.
Solé Tura fue uno de los padres de la constitución, sí esa en la que algunos intentan hacernos creer a estas alturas que mejor no haber nacido de ella. Tiempo después no he podido quitarme de aquí el escalofriante cierre de ese prodigio de gratitud al padre en el que, a preguntas del galeno, Jordi no recuerda el nombre del hijo ni el de su mujer, que allí mismo se quiebra. Y madre mía, otros. Lo orgullosos que se sienten de pervertir la memoria.
En la hora de pasar revista
España se deshace hasta extremos inimaginables como lo demuestra el que Bertín no le coja el teléfono a Arévalo. Qué desastre, dónde hemos llegado.
Y todo porque el hermano en los escenarios de ideario cañí difundió por las redes la foto de una paella en Ca Osborne, con perdón, de la que dio cuenta el rey emérito, entre otros invitados. Yo no sé si el Consejo de Estado, la Academia de la Lengua –la encargada de preservar el idioma, me refiero–, el Gobierno, Sánchez y Rivera, los viejos santones que un día nos transportaron del gris al color y, por supuesto, Iñaki Gabilondo han reparado en la necesidad imperiosa de asignarle tareas concretas a don Juan Carlos porque teniéndolo así suelto, ya veremos. Lo pensaba viendo a su hijo batirse el cobre en el discurso de Asturias. No le quedaba otra que reforzarse a sí mismo tras haber tenido que dejar de ser árbitro de todas las sensibilidades reinantes en su comparecencia a mazo limpio y a fe que lo hizo transmitiendo en los premios una imagen que poco tiene que ver con la caspa consignada desde el exterior. Su madre seguía emocionada la impropia intervención de un borbón sin apoyarse en la chuleta apenas y el temor consistía en que, a esas horas, fuera a parar a la nube la imagen del páter brindando, yo qué sé, con el bon amic Jordi por los viejos tiempos. Al estar viviendo su enésima juventud, te sale por cualquier punto cardinal dejando a la intemperie a quienes otrora le rodeaban. El hombre, que se ha aficionado a tropezar.
Pero esto no acaba aquí. La en su día princesa del pueblo ha anunciado que se casa, lo que tampoco quiere decir que vaya a sentar la cabeza. Paz Padilla y Kiko Matamoros han quedado fuera de la lista a un enlace en el que el amor llegó en ambulancia, la que conducía el novio cuando fue en auxilio de Belén tras un percance. Es lo que nos ha faltado. Con un periodista y un registrador de la propiedad pelando la pava no es fácil hacerse a luna de miel. Por muy a tono que estén, uno pensará en dar más caña y, el otro, en tener el dominio.
A los sones del vil metal
Antes de pillar por banda a la Cam creo recordar, pero habiendo estado al frente ya de algunas ferias, fue cuando un canalla trazó el perfil de Modesto Crespo arrancando en el propio paritorio, con el doctor transmitiendo la buena nueva: «Señora, ha tenido usted un presidente».
A la Audiencia Nacional todo esto le pilla de lejos y, con la carga de figuras de primer rango que desfilan por las dependencias, el banquillo de encausados que le dieron el boleto a la caja después de asegurarse una renta vitalicia de sones caribeños no es más que un asunto menor. La galopante asimetría que nos devora, paisanos, por los cuatro costados. Sin embargo, en el territorio donde tuvieron lugar los acontecimientos es bien conocido que, a este señor que esgrimió sin rubor carecer de cualquier tipo de conocimiento para ser investido por una institución que era un bomboncito, lleva toda la vida al tanto de cualquier negosi que pase cerca. De haberse empapado tan alta instancia del currículo, de los pasos y de las actitudes habría encontrado señales inequívocas de que sorteó trances en los que ni siquiera mostró temor de dios. En concreto, el 8 de junio de 2009, fecha en la que cogió las riendas de la extinta y en la que, respecto de las posibles fusiones, alertó: «No tiene imprescindiblemente ni por qué ser la más importante ni la más necesaria. Siempre que se pueda dar, será dentro de unos objetivos técnicos que deben valorarse; tendríamos que ver, hablaremos a futuro». Y respecto a su línea de actuación, pese a la retahíla de no tener ni pajolera idea, se marcó hasta un Mou: «Confío en dejar una impronta personal». Un pelín altisonante quizá para alguien que alardea de las limitaciones que tanto feeling han encontrado en el tribunal.
Las mayores extralimitaciones cayeron del lado de López Abad al haber retorcido la legalidad, la legitimidad y la seña de identidad de la casa para propiciar que la prestigiosa tarea desplegada por el especimen absorto fuera recompensada a base de bien. Que con su pan se lo coman.