Disculpen, la pregunta no es si la mejor forma de prepararse para el estreno mundialista consiste en que los puntales que habrán de hacer frente en nada a Cristiano y compañía dedicaran sus esfuerzos a intentar convencer al novato mandamás federativo de que mantuviese al entrenador del Madrid al frente de lo que éste había convertido en su segunda marca hasta que lo pusieron de patitas. No. La pregunta no es si, durante las citas ligueras venideras, el relevo del cariño generalizado que deja vacante el vuelo de Iniesta al País del Sol Naciente se desplazará hacia Lopetegui. La cuestión tampoco es si el antiespañol por supuesto es Piqué. Lo verdaderamente relevante no estriba en ser capaces de discernir sobre los gustos alardeados por Màxim Huerta, ahora que ya sabe toda la afición que muy deportivo no es que sea lo suyo. Lo sorprendente no va a ser que ese dirigente llamado Bartoméu, que ha escorado de forma manifiesta a su club hacia las líneas independentistas, enarbole la bandera de la Argentina de Messi ni que, tras lo ocurrido en las últimas horas, una parte de seguidores de la Roja esté pensando en echarse en brazos de Marruecos y de Irán. El debate nacional no es ya si el cuñado del rey acabará en la trena porque, de librarse ahora, al que se le complicaría exhibir su juego sería al marido de Letizia por mucho que todos jurasen que el soberano es el tribunal. No, la historia no es detectar si quedará un solo españolito que no vaya con el paso cambiado en estas trepidantes jornadas ni la envidia que, según sus simpatizantes, genera el equipo de Chamartín ni por qué el antimadridismo se ha multiplicado exponencialmente de la forma que lo ha hecho. No. Lo esclarecedor para dejarse de monsergas y que nadie acuda a las coartadas de rigor con tal de no llamar a las cosas por su nombre es: ¿Santiago Bernabéu habría hecho esto?
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En la lanzadera
No sé si saben lo que le ocurrió a Pedro Duque cuando se dispuso a afrontar su primer viaje espacial que el pobre pensaría que era el más complicado que le aguardaba. Sucedió en el 98. Antes de despegar con el transbordador en Florida, un bus lo condujo al mismo. Duque era el único del ramillete de astronautas que se estrenaba y, al bajar para tomar semejante chisme, un poli exigió la tarjeta de embarque. Los colegas la entregaron y del hoy ministro se apoderó un sudor frío al no disponer de ella, mientras el resto se tronchó tras el éxito de la novatada. Dos décadas después, con una odisea de veintipocos meses a lo sumo por delante, el cosmonauta del consejo de ministros ha sentenciado incluso antes de catar la atmósfera reinante que «voy a poner a España en órbita». Lo siento por él porque parece majo pero, de novatadas, estamos hasta el pirri.
Decididamente, el Gobierno es «Operación Triunfo». A raíz de resultar bendecido en el concurso, no para de darle al micro a poder ser ante las cámaras. Y Borrell suelto tiene su peligro. La otra noche lanzó que «Cataluña está al borde de un enfrentamiento civil» después de que su paisana en el gabinete abriese el melón de la inabordable reforma de la Consti al contar con una fuerza parlamentaria que da cosa verla, más el copón restante. Con un pepé en plena travesía del desierto, con Rivera refugiado e Iglesias hipotecado, ¿no sería para que Sánchez disolviera y convocase elecciones antes de que las cagadas taponen la efervescencia que la taponarán?
Ha corrido que el embajador de Naciones Unidas, Westendorp, dio de comer caliente al actual presidente del Gobierno cuando la criatura andaba en los noventa por Wall Street donde, al parecer, trabajó en una empresa financiera o en una consultora, aunque se ha filtrado que nunca ha trascendido dónde. ¡Ejem! Ya puesto, quiere hacerse con el partido y, para sorber Andalucía y Comunidad Valenciana, necesita tiempo. De torcerse, madre mía la que le espera. De ahí que se haya procurado una buena salida. Vamos, galáctica.
Desde la sombra
Se llama Iván Redondo, es de San Sebastián, tiene 37 añitos, carbura a velocidad de vértigo y ha sido el estratega en la sombra del cambio operado en Pedro Sánchez. En plan Borgen, este analista se considera un Spin doctor que, según él, no es más que alguien dispuesto a tirarse a un barranco por su cliente. Nos esperan, pues, días de gloria. Hagan sus apuestas.
Pese a figurar como el Chief executive oficcer de Redondo & Asociados Public Affairs Firm, siempre le ha seducido pasar al otro lado del espejo. Y aunque en 2007 se quedó detrás de García Albiol tras empujarlo a «limpiar Badalona de inmigrantes», cuatro años después se introdujo en Extremadura y ayudó a Monago a darle el pasaporte al pesoe, por lo que el mandatario del pepé lo ungió con rango de consejero. Pero su cabecita lo lleva a explorar terrenos desajustados. «Siempre estoy con la víctima; es una debilidad». La prueba es que ve más interesante el periplo de Clinton que los de Reagan y Obama. ¿Que por qué? Porque el marido de Hillary tuvo que recomponerse tras pegársela intentando ser reelegido en Arkansas. Estaba claro cuál tenía que ser su reto aquí.
Así que justo un año atrás lanzó desde su blog que Sánchez podía ser presidente a través de una moción de censura y a éste le faltó tiempo. Pasado el verano lo colocó a su lado y un ala del partido le dio la bienvenida. Fernández Vara exclamó: «¡Y lo que nos quedará por ver!». Lo que nos ha quedado por ver ha sido un pretendiente arrebatadoramente institucional el día de la apuesta con la moción, sorprendiendo al adversario con esa petición de retirada y, tal como llevaba indicado, «si tú te sabes superior, contención». Dado que Redondo observa además unas buenas relaciones con el peneuve, blanco y en botella.
El admirador de Julio Feo y jefe de Gabinete del actual inquilino de la Moncloa, al que le habría encantado cogerse a Felipe, cree que una asignatura en la facultad tendría que ser House of cards, la serie en la que un político se venga de quienes lo han traicionado. Sabrá que es ficción, ¿verdad?
Parada y fonda
Mientras que, con sus designaciones, Sánchez ha querido taponar el contagio independentosco y el grano susanista dentro de las vías de agua con las que se ha encaramado antes de plantearse hacer frente siquiera a la fetidez que sueltan las cloacas del Estado, en el partido descabalgado lo de taponar tampoco es que quite el sueño. ¿Y el olor? ¿Qué olor por Dios?
Antes de tomar la palabra Rajoy, los miembros del comité ejecutivo accedieron a la reunión sin quitar ojo al que llevaban atrás y a cualquiera de los que venían cerca. Los afectados saben que hay muy poco que repartir. El barullo es de los que hacen época; el baile, exprés. La vice y los ministros empadronados aguardan a ser recolocados por el hemiciclo, bar aparte. El frío arrecia fuera y nos devolverá a los que, al contrario que el resto de mortales, un día pudieron marcharse temblorosos de placer. Jorge Moragas lo hará desde Nueva York donde no le ha dado tiempo ni a cruzar el puente de Brooklyn y ese toro enamorado regresará de parís, tras cerca de tres añitos en los que Wert ha disfrutado de su luna de miel y, el resto, de no verle entrar al trapo. Se ha pagado una buena factura, pero nos hemos ahorrado cantidad de retortijones.
Y luego están los pocos que permanecen en el machito. Uno de ellos, el presidente de la región de Murcia quien, en la misma jornada en que el pesoe presentó la moción de censura, no le dolieron prendas en pedir perdón por el gurtelazo, dijo fastidiarle lo que hicieran «unos sinvergüenzas hace veinte años» que «nada tienen que ver con él ni con su gestión» porque por aquel entonces, recordó López Miras, «estaba escolarizado en los franciscanos aprendiendo a tocar la flauta dulce».
Tras glorificar reiteradamente lo hecho, Rajoy entonó el adiós no sin antes propinar un zurriagazo a Aznar al subrayar que él estará a las órdenes del nuevo presidente. Nada más acabar aquéllo, Feijóo se vistió de lagarterana y otros fueron a hurgar en lo que toca con atuendo de camuflaje. Hasta los franciscanos están en guardia.
Cuando te crees Dios
La semana arrancó explotándonos en la cara a los que sentíamos veneración hacia el cura que fue de Santa María dado que por talante, aspecto y energía lucidos a los 89 tacos, no pocos andaban convencidos de que tenía un pacto con el diablo. Victorio Oliver fue abordado por un desconocido que empezó a contarle su vida durante la que, cómo no, hizo referencia a Antonio Vivo. El obispo emérito cogió el bus de regreso a la morada ya que, al igual que ha ocurrido con monseñor Pablo Iglesias, ha sabido adaptarse al presente. Nada más terminar la cena en la casa sacerdotal comentó con Vivo lo ocurrido y subieron juntos a la planta en la que eran vecinos. El primero se retiró, pero Antonio hizo unos cuantos largos y se fue a sus aposentos dejando de respirar en la cama el mismísimo día de la santísima trinidad. Desvelado, pues, el misterio: nuestro cura no era inmortal.
Y aunque él estuviese convencido de lo contrario, Rajoy, tampoco. El ya expresidente del Gobierno se creía inmune a todo cuanto se generó en las alcantarillas del edificio que, en sucesivas oleadas, ha salido a flote y ha rociado el ambiente de un aroma difícil de soportar. Una cosa es que Cospedal, Rafa Hernando y el resto del coro intenten dar salida a desviaciones constatadas a través del «top manta» y, otra, que el patrocinador se apunte al bombardeo. Desde su atalaya no tuvo en cuenta revuelta alguna y ha acabado el agónico periplo como el pato mareado de las celebradas caminatas, más propias de Tony Leblanc yendo de la casa de campo al gimnasio, pero sin su estampa. Al creerse tan fuerte ha despreciado la capacidad de movimiento de Sánchez. Y, siendo cierto que casi nadie veía a éste con pinta de dar el golpe, el único que no podía confiarse era uno y mucho menos con el currículum de renacido que se gasta el mocetón, el mismo que va a necesitar elevado a la máxima potencia para salir de ésta.
Hay que reconocer que el adiós que se produjo antes lo marcó un rictus de serena placidez. Me refiero al del cura, claro.
Un cura singular
Decir Antonio Vivo es decir Alicante. Está tan imbricado en infinidad de aspectos de la ciudad y de su geografía humana que, con su ausencia, costará reconocerla. Ir con él por la calle era echar el día. Lo paraban, le consultaban, lo agasajaban… Pese a la enorme tarea desplegada en el orden educativo, sacerdotal, investigador, asistencial, movilizador y espiritual aún le parecía poco. Con la décima parte de lo impulsado a lo largo de su fértil y prolongada andadura, cualquier mortal estaría hecho unas castañuelas. Él, no. Él seguía pensando en lo que quedaba por rematar. Ése era don Antonio. Un caso.
El gran credo que ha guiado a este cura singular ha sido el de la justicia. Y ha peleado por ella en las condiciones más adversas, conviviendo con una serie de postulados de la Santa Madre Iglesia de los que disentía a rabiar y, pese a formar parte del mismo, rebelándose si hacía falta ante el cogollito más tradicional de Akra Leuka que no es moco de pavo. Pensé en él al leer este domingo a Jesús Prado referirse a que «en la evocación de aquel tiempo de sonoros silencios, muchos de los que eligieron esta actitud deberían ejercitar la escasa virtud de la autocrítica». En octubre de 2001, inmerso de lleno en la época a la que el periodista se refiere, el rescatador de la basílica de Santa María se mojaba hasta los tuétanos al respecto dejándolo publicado en este caso para disipar dudas: «No es posible el desarrollo de la democracia desde el gregarismo donde prevalecen actitudes serviles. No siempre el poder político tiene los colaboradores y amigos que necesita. En una sociedad hipócrita es admirable el coraje cívico que alienta la necesaria osadía de hablar con luz propia, esa que afronta los riesgos que comporta el ejercicio de la libertad superando las lealtades impuestas».
No podía disimular que lo suyo era el magisterio. Si a alguien cercano se le nublaba la vista, proporcionaba claridad y estaba al quite sin esperar nada a cambio. Su recompensa la hallaba en la amistad que le salía al paso. Ve con Dios, Antonio.
Conducción temeraria
Zaplana vería la final de la Champions entre el griterío de presos intentando que no le rondara la cabeza el trasiego compartido en el antepalco del Bernabéu, las jornadas de partido en las que el atrezo de copas y canapés dejaba paso a una lista guapa de contactos donde los gestos para quedar en un reservado se imponían por goleada a las, para el vulgo, controvertidas estrategias simplemente balompédicas.
Para entonces el galán, que desde la casilla de salida dejó claro a qué venía y que el modo era hacerlo a bordo de un Opel Vectra 16 válvulas porque sí, se había doctorado en el fecundo arte de hacerle creer a la afición que arribó para representarla, tutelado en todo instante por ese prestidigitador del morro torcido que es Aznar, santo y seña del antepalco solo en momentos escogidos. Desde la rampa trazada en Benidorm, retorcer la realidad no le produjo nunca quebranto alguno al alumno aventajado, ya fuera sustraer la mayoría absoluta del adversario con la pieza de repuesto que le faltaba ni, por orden cronológico, torpedear por tierra, mar y aire a la cabecera impresa que osara cuestionar su mando en plaza ni asfixiar al malandrín universitario que no hincase la rodilla ante su presencia ni desalojar a quienes, a base de contraponer criterio, pusieran trabas a la determinación de apropiarse del instrumento financiero a mano con tal de llenar la sala de trofeos, aunque fuera a costa de congelar el avance científico ideado en el campus o de acabar por expoliar a todo quisque, como terminó sucediendo, la vida que la obra social reportaba a una amplísima geografía.
La suya propiamente dicha tampoco es manca y las horas muertas, proporcionadas por la perversión del despacho vacío de contenido en Telefónica, han podido convertirse en la trampa que lo empujaran a detallar en cuatro folios el circuito a través del cual el flujo esquilmado volvería al bolsillo. Todo un amasijo de ambición, amoralidad y engaños que lo han conducido a desperezarse hoy en la celda asignada. Él sabrá si le ha merecido la pena.
El canto del cisne
Escucho a Monedero sentenciar que deberá ser la gente la que decida sobre «la permanencia de…» y también se cuela Verstrynge –¡madre mía!– demonizando a todo bicho viviente con tal de salvar la cara de los promotores del referéndum. Pero no sé cómo salta una foto de La Clave con Guerra, Fraga, Arzallus, Carrillo y Roca dispuestos a debatir sobre la tarea diaria de construir el denostado régimen del 78, tan antigüito él. La pipa se consumió en vísperas de que los españoles fueran forzados a refrendar el designio que el Gobierno tenía comprometido y, para cuya permanencia –atlántica en este caso; no serrana–, al pesoe se le vio el plumero hasta el extremo de borrar de La Primera a Krahe con su Cuervo ingenuo dedicado a Felipe, esa que vitoreaba Pablo Iglesias cuando aún andaba conociéndose. Del «otán, no; bases fuera» al «chalete, ¡ea!; bases dentro». Como para no despreciar la transición. Menos mal que se evaporó aquello que, si no, a Balbín hoy le da algo.
Desde que la burbuja inmobiliaria ha vuelto a hacer de la suyas, creo que no se ha resaltado suficientemente la vena feminista de la que el secretario general de Podemos siempre ha hecho gala. Permitir que, en primera instancia, fuera ella la que tuviese que dar la cara y pasara el mal trago estando además embarazada deja patente su decidida apuesta por la igualdad, hasta el extremo de que, al día siguiente, no quiso comparecer sin la pareja pegada. Estoy convencido de que un año de estos saldrá por libre entonando el «saben aquel que diu; sí, hombre, en forma de simulación en diferido». Y será por fin de lo más coherente ya que ha propiciado para la formación de gobierno algo que parecía fuera de su alcance como es investirse de ironía fina y, tras el consejo de ministros, consagrar al portavoz: «Nos felicitamos de que este crecimiento integrador permita a los más jóvenes emprender un proyecto familiar, adquirir viviendas y acceder a la hipoteca». Por mor de la consulta, Pablo e Irene salvarán los muebles. El espíritu podemita les cabe de sobra en el trastero.
Subidos al ring
Como entraba en casa, me aficioné de crío a leer el periódico iniciándome con deportes, que era lo que tocaba. Pronto me incliné por los que escribían diferente. Mis hermanas aún me lo echan en cara: «Al niño solo le gusta lo bueno».
Así me tiraba de cabeza a las crónicas de Antonio Valencia y de Fragoso del Toro y me quedaba enganchado con pasajes pugilísticos de Manuel Alcántara, que practicaba nuevo periodismo pegado al ring de donde le sacaba una espinela al baile de Legrá en el décimo asalto, de Fernando Vadillo y de Julio César Iglesias, a semejanza de lo que ocurriría con la crítica taurina de Joaquín Vidal, pese a que ni el boxeo ni los toros sean lo mío.
Con los estertores del régimen, que no se acababan nunca, un regimiento se metió Triunfo en vena, Ajoblanco, Cuadernos para el diálogo, La Cordorniz y Hermano Lobo con tal de seguir las huellas de los Forges, Ops, Gila, Summers, Vázquez Montalbán y Haro Tecglen dentro del manojito que ya empezaba a barruntarse que tampoco era bueno hacerse tantas ilusiones. Pensando en la profesión, había que hacérselas. Rosa Montero engatusaba con sus tête à tête novelados y Pedro Rodríguez llevaba tiempo de barroquismo de alta graduación. Qué retrato de Emilio Romero no fabricaría en Benidorm que la cordial queja del prócer fue de las que hacen época: «Es que me ha hecho una entrevista en la que quien se luce es él mismo». A esto no le quedó más remedio que abrirse y por un lado entró la pólvora proveniente del Post y por otro la arrogante seducción de Tom Wolfe. En el interior fueron años de búsqueda mezclada con el ansia de los lectores por acceder a claves dentro de la exaltación de la independencia… editorial, por Dios. Ante obstáculos propios del camino, empresas aceptaron que se puede ser de un banco y no estar loco y curritos se fueron a terapia donde, pese a que a los enganchados nos parezca increíble, descubrieron que del periodismo se sale. El caso es ofrecer una primicia.
El eslabón perdido
Tras la situación traumática experimentada por su formación en el Ayuntamiento de Alicante, Manolo Mata, a la diestra de Ximo Puig en el partido y síndic socialista de las Cortes, se ha sacado esto de dentro: «Lo que había era una crisis política porque Echávarri no fue capaz de generar empatía con sus socios de gobierno ni con nadie». Si estamos hablando de una catarsis, las he visto mejores.
Para ser alcalde hay que servir. pese a la frase hecha de que «es el puesto más bonito al que se puede aspirar», no es ninguna bicoca. El que accede ingresa en una farmacia de guardia. Ha habido alcaldes y alcaldesas muy populares, algunos de los cuales conocían a todo quisque. Tanto que, al cruzárselos por la calle, iban llamándolos por el nombre. El ahora oscuro objeto de admonición por parte del número dos del pesepevé no solo era escasamente conocido sino que, por lo visto durante la posterior actuación al frente del cargo, fue el mayor logro que tuvo de partida: que ni los suyos en Valencia se hubiesen preocupado de catarlo.
Porque, mi respetado síndic, la empatía, ¿nace o se hace? Los pocos que conocían a la apuesta de Ángel Franco para tomar el relevo del bienio horríbilis de los otros sabían de sobra que entre sus virtudes –alguna tendrá– no figura la de ser capaz de relacionarse ni con su sombra. Y claro, siendo así, de alcalde, lo llevas crudo. A la fatiga que acarrea entenderse con los socios de coalición, al tute que representa atender las demandas de vecinos, comerciantes, festeros y el resto del mogollón hay que sumar las exigencias que, para proyectos en común, te van a plantear los patrones del puerto, la uni o la oficina europea que, aunque parezcan de la misma cuerda, no están ahí para reírte las gracias y, mucho menos, si no la tienes. De anhelar una ciudad amable, ya ni hablamos.
No es extraño, pues, que independientes, a los que Mata and company andan lanzándoles propuestas para que sean cartel, inquieran: «¿Es que me veis arisco?». A lo que responden: «No, tú no; los votantes».