El puñetero arbusto

Tengo a Javier Cercas enfrente con un grupo de jóvenes dedicado a indagar en la literatura hispánica. Ya lo ven. Afortunadamente, hay gente p’a to.

Lo último que me eché a la cara del escritor extremeño, afincado en Girona, fue una reflexión sobre la advertencia de un amigo americano que le decía que, «en cuanto un novelista opina de política, es malo para la gente y para él, pero sobre todo para las novelas». Y le añadió: «¿No me digas que, con esas manifestaciones, creíste que ibas a contribuir a paliar la incompetencia del Gobierno español que no entendió que no se puede parar un intento de golpe de Estado en el XXI con instrumentos del XIX y que es posible que no vieras venir el cóctel de victimismo, egoísmo económico y narcisismo supremacista aliñado con chorritos de xenofobia con la de historia que has leído?». Conocedor de que el autor de Soldados de Salamina contestó que «no es lo mismo leerla que vivir la historia» tenía interés en apreciar hasta qué límite tenía alterado todo este proceso –nunca mejor dicho– a un tipo de su cuajo. Y, afectado por lo que la sinrazón ha tocado del ala al ámbito familiar, es difícil que algo así no trastoque tu temple.

Ya no solo es que siga concibiendo la literatura como un acto de rebeldía contra la estupidez, la realidad o el poder ni que sostenga que la palabra más importante es «no», sino que introdujo que «el novelista solo puede ser valiente al igual que el torero». El puñetero arbusto, que enturbia el bosque porque, sin dejar de hacer del miedo su razón de ser, Curro Romero fue encumbrado y Vargas Llosa, sin embargo, consintió en ser entrevistado por Tamara Falcó, que a eso hay que echarle valor.

Lo que sí está contrastado es que Serrat agota con meses de antelación el papel de su gira, que algo tendrá que ver el zafarrancho que vienen montándole y que a saber qué harían si pudieran con don Quijote, montura de la lengua de Cervantes. El problema no es defender las ideas que sean, incluso las independentistas; el drama alardear de catetez y no darse cuenta.

Repertorio de lo más clásico

Justo 24 horas después de que la responsable de comunicación de Rajoy espetase «qué ganas de hacerles un corte de mangas de cojones y decirles pues os jodéis», dirigido a jubilados disconformes de un modo jocoso según la integrante del staff de Moncloa, en otras dependencias municipales, las que en Labradores, 15 acogen el palacio del Portalet, tuvo lugar una nueva sesión del máster en interpretación de guitarra clásica con la actuación de dos alumnos, el mejicano Julio Medrano y Pedro Castro, procedente de Venezuela. El repertorio de éste, un chaval de 26 años, estuvo copado prácticamente por composiciones de autores de su país y, al hacer la salutación con lo que iba a ofrecer, no esquivó manifestar el dolor que le produce leer solo noticias horrendas de su tierra sin que ello le reste un ápice del amor que le profesa. Fue desahogar aquéllo, cruzarse por la cabeza intuyo el año largo de ausencia lejos de la familia en su rincón de San Cristóbal, dentro del estado de Táchira, y pillar una plorera que no consiguió sacarse de encima. ¿Quién no se ha emocionado alguna vez escuchando a solas notas que lo retrotraen a historias que permanecen envueltas ahí en el baúl de los recuerdos? Pero que ese amasijo de sentimientos se revuelva a la vista del público en un artista joven, capaz de aguantar el tirón tragando aire, saliva y pesar resulta perturbador. A Carmen Martínez Castro, la de las irrefrenables ganas de ponerse a hacer cortes de mangas, natural mira por donde de Caracas, a su jefe y a buena parte de la cúpula del partido que lo sustenta se les ha llenado la boca un día y otro de denunciar que los estragos en la población del régimen venezolano no tienen un pase. Ahora bien, quienes no lo tienen aquí son esos paisanos entrados en años que llueva, ventee o salga el sol por Antequera le señalan en la calle a los gerifaltes que ya está bien de asestarles tanta indignidad. Lo expresado jocosamente por la mano derecha del presidente ratifica algo de sobra conocido: que no es la economía, estúpidos; es el desprecio.

Qué cosas tiene la vida

Millás observa una curiosidad permanente por cuanto le rodea. De la mano de Javier del Pino en A vivir que son dos días se ha introducido en un tanatorio y ha entreabierto las puertas más recónditas. Reconoce que atesora un temperamento morboso y que, como lo que le da miedo le atrae, le gusta el coqueteo con la muerte. «Siendo pequeño –rememora el escritor–, la gente se paraba al paso del cortejo fúnebre y se quedaba en silencio. Deberíamos integrar más la muerte porque, sin ella, la vida no tiene sentido. Y lo que hacemos es negarla. Parece que hoy en día no se muriera nadie».

Qué me vas a contar, Juanjo. Mis hermanas cuidan de nuestra madre –que este mayo alcanza los 95– como cualquier hijo, en circunstancias normales, tendría que hacer incluso con su padre. Más que desvivirse, la custodian. Y para protegerla al máximo, decidieron hace un tiempo no anunciarle la muerte de nadie que le pudiera afectar, familiares incluídos. La situación es surrealista porque, afortunadamente, a la señora Eloísa, aunque oiga y distinga así, así, las entendederas las tiene bien cargadas. Siempre que me meto en carretera, al poco de llegar y tropezar con el panorama descrito no me queda más remedio que decirles: «Pero, ¿no creéis que igual le extraña que no fallezca nadie de alrededor?». Una mujer que ha estado familiarizada desde adolescente con el trance porque le mataron al padre nada más empezar la guerra y porque ha venido pagando religiosamente al ocaso. Pero no hay manera. El otro día se cruzaron con la viuda de Ignacio, el de la frutería a la que íbamos de nanos y del que mi madre ignora que lleva un par de primaveras con los angelitos. Y claro, al no coincidir con él, la señora Eloísa quiso saber qué tal se encontraba el hombre y la dueña de la tienda, advertida por la guardia de corps con antelación, respondió: «Pues, ahí va».

Después de aquéllo, la incertidumbre se disparó, hubo cónclave y, ante una de las grandes dudas, pregunté: «Pero, vamos a ver. ¿Mamá sabe que falta Chanquete?».

Mucho en juego

Entendidos en la materia dejan bien a las claras que, el desgarro de Alicante, puede costar al pesepevé el primer cajón de la izquierda en el podio de la Comunitat. Para evitarlo, sus cabecillas están detrás de un candidato que frene el golpe. Se ve más fácil ir a marte, con lo que no se descarta que Ángel Franco haya explorado ya el terreno por si hay agua dejarlo seco.

Con vistas a configurar en un año el cartel municipal de la explanada, el oscuro objeto de deseo no es otro que el rector Palomar. Ximo Puig no lo quiere lógicamente para que le regale un máster; con sacar adelante esta andadura tiene el posgrado, la tesis doctoral y el certificat de capacitació en un mismo pack. Lo que busca el mandarín socialista es un milagro. ¡ojo!, que a Palomar le va la marcha. en anteriores citas se resistió a las gangas pensando en que las formaciones que a él podían hacerle tilín estarían en mejor posición tras el cambio de panorama. De modo que como me aseguran que el entorno de Pedro Sánchez le ha hecho llegar la propuesta, parece que el rector ha respondido: «Lo agradezco de veras, pero es que estoy pensando en meterme a monje».

Esto ha puesto en alerta al resto de posibles pretendidos. uno podría ser Juan Antonio Gisbert. Mandarines anteriores ya lo quisieron para ese envite y el actual lo reclamó para el Consell pero el exCam dijo que lo más lejos que quería ir era al puerto de Alicante. Ahí sigue y el otro día se marcó unas declaraciones explosivas. A los vecinos que se quejan de la descarga de graneles los acusó de realizar «terrorismo informativo». Algunos, que me son muy cercanos, me han hecho llegar lo siguiente: «Pero, ¿este tío de qué va?», a lo que he contestado: «Satanizándoos ha querido desactivar la intención que puede existir de ofrecerle la candidatura a la alcaldía». «¡Ah! entonces es comprensible».

Pero Ximo no se rinde. Hay quien no ha visto resultados en el reciente viaje a China cuando casi nadie conoce cuál ha sido la penúltima bala por la que ha negociado. Efectivamente, traerse a Iniesta como sea.

A lo largo del camino

Cruzo la calle Quintana. Qué bien resurge tras ensancharse las aceras, limpiar la cara de fincas añejas y abrir comercios, librerías y acogedoras tasquitas. Saboreo con gusto el rincón en el que nació el periódico y cuajó un modo de entender la profesión, que ahí está el tío bandeándose en épocas tan dispares. Cojo Segura y veo a Tomás García Candela, del equipo de Lassaletta, y a su mujer. Nos saludamos con afecto y, al despedirnos, me dirijo a la cita dándole vueltas a lo que significa tropezar hoy en día con un concejal de Urbanismo que puede mirarse al espejo. De hecho es que además está para que lo haga porque tiene una pinta fenomenal. Si no me equivoco, la puerta giratoria que entreabrió siendo teniente de alcalde consistió en matricularse en derecho y licenciarse presencialmente. Puede que durante la encrucijada municipal constatara que tenía un déficit o que le gustaba meterse en leyes o que igual era un buen modo de ganarse la vida como así resultó. Lo advertía ese monstruo de la escena llamado José Luis Gómez: «Me da la impresión de que uno de los problemas curiosos de nuestra vida política es la formación de los que la componen. es decir, cuál es el background que traen consigo, dónde se han formado, cómo se han capacitado para ejercer la función pública en su relación con el bien común». Se refiere, él que ha ahondado en Azaña y Unamuno como pocos, a los que acceden en la actualidad, no a representantes de antiguas añadas o a los que, como Tomás, tuvieron que tirarse de cabeza e improvisar una tropa dirigente cuando lo de formarse aún no lo ponían como a Fernando VII. Y, sin embargo, el pegeú en vigor es el que se concibió por entonces, entre otras proezas. Al contrario que frescales en tantas demarcaciones de las urbes y de condestables financieros que rehúyen o acosan, aquel edil, que pipiolo aún saltó a un mundo desconocido, mira siempre de frente, mantiene las convicciones y, utilizar el partido para fines propios, nunca ha entrado en sus cálculos. Como para no verlo con buenos ojos.

Qué nivel, Maribel

Como sabrán, en el acceso a la final copera se requisaron prendas amarillas. El ministro del Interior ha deslizado que la poli actuó por su cuenta ante la llama que el atuendo podía avivar. La que se hubiera formado si el rival llega a ser el Cádiz. Creo que los gaditanos exteriorizaron que ha sido una lástima porque les habrían dado los carnavales hechos. Incluso sevillistas como Zoido han coincidido en la pena de que el finalista no fuese el Cádiz.

Pero seguimos con carnavales. Uno de los equipajes lucidos por el Barça fue la senyera con «Qatar Airways» –patrocinio derivado esta semana hacia la Roma, qué crueldad–. Bien, pues en el acceso a la reciente edición de Alimentaria, celebrada en la ciudad condal, seguratas retuvieron a dos azafatas horas, durante las cuales no recibieron un trato elegante precisamente, por portar una equipación calcada a la descrita con anterioridad, pero en la que podía leerse: «Catar jamón de Teruel». El presidente de la asociación de hosteleros relató al respecto: «Han creído que alardeábamos de la Corona de Aragón y no. Solo llevábamos una camiseta promocional de una empresa que pelea como mejor sabe por mantener sus puestos de trabajo».

Sí, es posible que estemos en disposición de sentenciar que hemos perdido no solo el norte, sino el resto de puntos cardinales. Y pensar que hace tres días, en los ochenta, España se puso de moda. La frescura de Almodóvar y de una pléyade de culos inquietos nos engalanaron hasta… Pero no es que fuéramos primerizos es que había que desempolvar lo mejor de la casa, que es de nota. Fue aquí donde el ingenioso hidalgo se dio a la aventura y su huella la ensancharon escritores, científicos, pintores, músicos, pensadores de postín. Tras sentenciar que «Cataluña no va a renunciar al soberanismo», Garrigues Walker ha echado mano de un referente para, «al estilo orteguiano», dejar patente que «es un problema que hay que saber conllevar con dignidad e inteligencia». Si Ortega levantara la cabeza y contemplase la talla alcanzada, le diría a Garrigues: «Como me metas, te machaco».

Todos los caminos…

En el balompié nacido a mediados del XIX, que se debatía entre el patadón y tentetieso inglés y el raseado con toque de los équipier escoceses surgido en los patios estudiantiles, la «escuela sevillana» se alineó en el patio. Brand y Spencer fueron dos de los componentes de la línea del miedo junto a Kinké, León y Escobar. Los periódicos se derretían cuando aquellos entusiastas de los 20 cruzaban Despeñaperros y desplegaban filigranas. En el 35, el Sevilla se embuchó su primer campeonato de España, bajo la denominación de Copa del Presidente de la República… y olé.

Uno de los virtuosos que anima estos confines cuando le da por teclear, lo tienen ahí al lado. Este profe, historiador y hombre orquesta del renacentismo contemporáneo, al que Concha y Laura no consintieron que los efluvios del poder minaran su imaginación, por el garbo con que mueve el plumaje podía haber sido un fiel de ese estandarte andaluz por antonomasia que saltará al Metropolitano pero es culé hasta las trancas el muy bandolero y su acreditada fe sociata volverá a ponerse a prueba esta noche cuando, inundado de esteladas, el Fondo Sur lance la colosal pitada y proclame exorcismos con esos colores suyos mimetizados en una república que, para un especialista en Moderna como él, debe ser jodidillo de jalar y mucho más tras los recientes fogonazos procedentes de los abdominales de Cristiano el día del penalti de autos y de lo urdido por las huestes de Monchi a orillas del Tíber.

Con éste en semis de Champions pero vestido de romano y con una vanguardia más inoperante que tu Pedro Sánchez, Emilio, salvo que preventivamente el juez Llarena no deje suelto a ninguno de los mossos que pueden liarla, todos los caminos conducen a que Messi se tome la injusticia por su mano y nos devuelva a la esencia. O sea, a darnos al escocés.

Unas cosechas tan dispares

Estamos a lomos de abril, fértil a rabiar. La mañana rebosa luminosidad, de esa a la que en esta tierra ya ni se le echa cuenta. Lo advierte Campo Baeza, arquitecto contenido e intenso, recién elegido académico numerario de la de Bellas Artes de San Fernando, que no se corta un pelo: «La luz es el material más lujoso que hay; pero como es gratis, no lo valoramos». Algunos sí, sobre todo al escapar de la rutina, que es a lo que me dispongo.

He preparado una ruta de lo más seductora, ya verán. Antes de ir hacia La Montaña, resuena Nerea Belmonte arguyendo que no han respetado su dignidad ni su honor sin construir como Dios manda la frase lógicamente; me parece otearen lontananza la risa de hiena del alcalde dimisionario y entreveo a Ximo Puig en medio de una extensión de kudzu, la planta japonesa que devora el sur de los Estados Unidos y que ha debido ser el fruto instantáneo del viaje asiático realizado por el samurái de Morella. Pero dejo por unas horas la actualidad metida en el maletero, que ahí está a buen recaudo la puñetera.

Supero la media hora de autovía. Alcoy y Muro han quedado a la espalda porque el plan no es otro que paladear la floración de los cerezos en la Vall de la Gallinera. La carretera se estrecha, unas curvas pronunciadas salen al paso y la dirección responde como si el infinito anduviese en recta.

Llega lo bueno. Este año la cosecha está que se sale. El alcalde de Planes confiesa que no recordaba algo de esta magnitud, con bares y hospedajes a rebosar. El espectáculo lo merece. Laderas transformadas en alfombras de flores blancas, cada primavera más cerca de convertirse en el Jerte mediterráneo. Cohen quiere sumarse al festín y lo hace con su Did I ever love you que suena a música celestial. Subo al mirador del Xap, desde donde la percepción es para morirse. Alineados a un lado los ocho pueblos del valle y, el mar, al otro. Qué más se puede pedir. Pocas geografías son tan completas. Da gusto observarla si no fuera por esos nativos que, en cualquier extremo, retuercen la naturaleza.

El largometraje

No estamos ante una sesión de entretenimiento. «Alma mater» es una película, más que dura necesaria, de la que se sale hecho fosfatina tras asistir al día que pasan seres humanos como nosotros sometidos al estrés derivado de los bombardeos y de las ráfagas de metralla silbando alrededor de la vivienda, que es defendida centímetro a centímetro del acoso de las milicias en un afán por sobrevivir que no da tregua ni al reparto ni al patio de butacas. En rincones tan dispares como Copenhague, Sevilla y Berlín ha obtenido idéntico premio, el del público, y, al estar focalizada en el trauma bélico con particular acento en el sirio, Trump, a pesar de no haber ido fijo a verla porque qué más le da, se ha sumado a la corriente y, junto a un par de amiguitos, ha llevado más explosiones al horizonte para que la feria de estallidos no decaiga en la zona y que el confeti químico espolvoreado por Bashar al Asad sienta que no está dejado de la mano de Dios sino que ejerce un poder de atracción rentable sobre el enemigo. Los protagonistas, también llamados dignatarios, dirán que muy cinéfilos no es que sean pero que, el material que haga falta, lo ponen ellos.

Fuera de la pantalla se brinda de etiqueta en palacios reales por la venta de armas y, a nada de Damasco, refugiados en el asentamiento de Al Wafidín aprovechan la evacuación, pactada con Rusia en estos días aunque cogida con alfileres, para trasladar la desesperación del refugio al desasosiego por encontrar el rastro del familiar secuestrado un lustro atrás cuando se disponía a iniciar su jornada en el curro. En esas tres ciudades impactadas por la crudeza de un guion, en la nuestra, en Barcelona, en Madrid, en tantos pueblos y, no digamos ya en Guernika, habrá espectadores que estén viendo la agitación de ese grupo, desviviéndose al límite por distraerle una hora a la muerte siendo consciente de que ha de mantenerse firme sin concesión a los sentimientos, y les ronde la cabeza las peripecias que sortearon sus abuelos para resistir la maldita cruzada. Es lo malo de esta película. Que no se acaba nunca.

El influjo de otras miradas

Vienen Lottie y los suyos. Se ha plantado la familia al completo en Alicante a celebrar los 60 que le han caído al páter y los progenitores regresarán a Edimburgo al amanecer; la hermana, que es artista, a Birmingham a mediodía y ella con su marido a Glasgow en cuanto anochezca. Es la ventaja de contar con un aeropuerto plagado de rutas a las que no solo recurren adictos a las despedidas de solteros. La madre de Lottie es psicoterapeuta, a los 11 dejó Londres por la ciudad en la que se concibió Harry Potter, tiene un montón de clase en línea con el resto y comenta que, del Museo de Arte Contemporáneo, lo que más tilín le ha hecho ha sido la obra de Julio González. A este primer encuentro se ha llegado por el calorcito que nuestros vástagos no han dejado de procurarse y, pese a la barrera idiomática entre los mayores, resulta estimulante la afinidad que se establece en cuanto detallan sus visitas o aprecian en las estanterías los gustos musicales y literarios y se disfruta de una sobremesa a la que no están acostumbrados, con Almodóvar y los Monty Python en el introíto hasta acabar analizando la condescendencia con la que los de alrededor suelen tratar a especímenes del corte de Picasso, asunto que seguramente introduciría quien imaginan. Aunque hemos pospuesto para una segunda cita la requisitoria, debieron votar «sí» en el referéndum por la independencia escocesa y eso les hace ser inflexibles con los Puigdemontboys porque, al logro que accedieron por un acuerdo entre gobiernos tras décadas de insistir, los nostres lo quieren por arte de birlibirloqui frente a un Mariano con el que ni ir de aquí a la esquina es fácil. Enseguida ven el terreno abonado para sacar el nombre de Franco que no nos quitamos de encima y se les replica que su apoyo tuvo de Churchill, asintiendo temblorosos de placer. Sin embargo, no pueden entender que haya aún restos de compatriotas por las cunetas y que los de alguien de la dimensión de Lorca permanezcan sin identificar, pese a lo normales que se nos ve. Pero, ¡uf! Cuesta.