Tampoco es preciso castigarse

Hoy era el día previsto para que su hija se pusiera de parto o se lo indujeran puesto que la criatura no se ha colocado en la mejor de las posiciones. Nada más despertarme escribo al padre con la pretensión de saber qué tal va todo. Hemos estado décadas hombro con hombro para que los gajes del oficio no nos pillaran desarmados. Me contesta que se dirige a un acto por el sur, mientras que el acontecimiento del que su cabeza no puede desprenderse reside en el norte. La nuestra trajo al mundo a los gemelos en plena pandemia y el padre de los mismos estuvo enviándonos crónicas como si no existiese un mañana dado que era el único que podía acceder al hospital. Cuando recibimos la imagen de la madre en la cama con uno en cada brazo en una composición llena de ternura no necesitábamos nada más para tenerlo todo. Hoy en día en que dos primos se han sumado a la filà, no pocos domingos se han convertido en un guateque donde no hace falta decir quiénes llevan la voz cantante. Con los de cinco años recién cumplidos puedes tener conversaciones de una enjundia que con ciertos gestores públicos cuando se trata de dar explicaciones sobre algo en lo que han decidido pasar de puntillas, hasta el jardín de infancia les viene grande. A uno de los hermanos mayores, de cabellera poblada y ensortijada, me da por preguntarle qué jugador de la selección española se pide, a lo que responde: «Cucurella». «¡Ah! Claro, por la melena». «¿Y tú, abuelo?». «Rodri». «¿Tiene el pelo gris?». Será canalla, pensé. Y con qué rapidez se revuelven. La misma con la que definen a Trump nada más verlo cruzarse por la pantalla, ellos que ante cualquier peli lo primero que preguntan es si el que sale es malo. En el caso del hacendado de azotea anaranjada, quienes le rodean le han dado el dilema resuelto. Pero, ¿cómo pensarán cuando cumplan la mayoría de edad ahora que ves a chavalotes elevando a los altares las marchas franquistas o en un país cercano a colegas entonando sinfonías hitlerianas? Tampoco es preciso castigarse a base de bien. Recordemos que «La bola negra» anda batiendo récords de asistencia con gente joven a raudales que salen tocados del ala al imbuirse de lo jodido que es cuando una manera de pensar te impide por la fuerza vivir tu vida. Es de esas proyecciones que conducen a quedarse en la butaca una vez terminada para repasar la historia y digerirla, salvo que se acumulen batallitas existenciales teniendo en cuenta que tras cerca de tres horas allí sentado la próstata también se las trae. Contra la polarización, sesión continua de nietos. Noto nervioso a quien está en puertas de tener el primero y le deseo que todo vaya de dulce: «Con que Supremo no meta mano a una ley global de nietos, tú tranquilo».



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