También los hay así

España es campeón del mundo y tomó el relevo de una selección que fíjense por donde ahora no recuerdo cuál es, aunque por razones obvias los ingleses siempre estarán en el fondo de cualquier palmarés que se dispute. Valdano es de los que considera que en los estadios de la geografía en la que se inventó el juego es donde este se vive con mayor intensidad y pasión. El hijo con el que apenas hablo de fútbol y sí de cine sobre todas las cosas recomienda que no me pierda un documental sobre Kenny Dalglish. Lo primero que advierten sus creadores es que contiene escenas que pueden resultar angustiosas. Así que permítame, con perdón, que se lo destripe.

     Natural de Glasgow, desafiaba a las calles de tierra amansando la pelota. No existía otra distracción en su cabeza. Como buena familia protestante seguían al Rangers. El técnico del gran rival lo vio en los juveniles de un equipo de barrio, le hicieron una propuesta, creía que su padre no lo querría con la enseña católica y lo que oyó fue: «Ahora donde debes estar es en el Celtic». Con 17 años se unió al grupo. En la 67-68, los de Jock Stein venían de doblegar al Inter en la final de la Copa de Europa. Billy McNeill, el capitán, le comentó al chaval: «Te recojo por la mañana». Fue el mismo que en el primer derby se acercó a él diciéndole: «Este penalti lo tiras tú». Y como haría a lo largo de su carrera lo celebró alzando los brazos, las manos abiertas y una amplia sonrisa, a veces sin correr siquiera. Igualito que ahora, que despliegan una coreografía repleta de cucamonas en celebraciones a las que no se les ve el fin. Hay abuelos que se las esconden a los críos para que no pierdan el oremus antes de lo que corresponde. 

     Tras perder las semis con el Atleti pensó que debía irse si quería ganar «La Orejona», pero el míster casi se mata en un accidente de tráfico y con todo lo que había hecho por él decidió quedarse. A los tres años fue Stein quien le proporcionó destino. Keegan dejó el Liverpool por el Hamburgo y el escocés cogió su dorsal. Pocos daban una libra porque lograse hacer olvidar a Kevin. No le duró un asalto. Fue magnético. En la primera temporada, Copa de Europa a la butxaca con tanto de su propiedad en medio de una ciudad que a principios de los ochenta sufre lo que no hay en los escritos. El desempleo es una plaga y casi arde el Mersey. Los altercados marcaban las horas con la mitad de habitantes sin rascar bola. De haber podido, los conservadores de Thatcher habrían eliminado Liverpool del mapa. Solo había una alegría. Incluso Paul MacCartney, del Everton él, suspiraba por Kenny. Para George Best, el mejor jugador que había visto era Di Setéfano y, a su entender, Dalglish estaba a su altura, aunque nunca se le haya incluido por los historiadores en el cogollito de los súper. Cuando deje este mundo lo mismo lo revisan.

     Con 34 tacos y un contrato de cuatro más recién firmado le proponen convertirse también en entrenador una vez tenga lugar el desenlace de la temporada en Bruselas frente a la Juve. De modo que coge al equipo con la tragedia de Heysel encima y aquello no arranca. Cuesta. Queda rezagado y los tabloides lo machacan. Se lesiona el goleador por lo que el tramo final decide jugarlo, remontan y se hacen con el campeonato con otro gol decisivo de sus botas, convirtiéndose en el primero en lograrlo en la historia a lomos de la doble faceta. Por si no fuera suficiente, la angustia se multiplicaría con los 97 aficionados aplastados contra las vallas de Hillsborough. Puso a las víctimas por encima de todo, se convirtió en el estandarte y, aunque hubo más títulos con dedicatoria especial, lo ocurrido lo trastornó, no se sentía bien a la hora de tomar decisiones, pensó que no era justo para el club, llegó a su límite y lo dejó. Es el único jugador de esa época ante el que hoy se rinde la grada de Anfield.

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