Antes de que mil quinientos integrantes de agrupaciones corales asturianas y ciudadanos deseosos sorprendieran a Patti Smith entonando «People have the power» en el patio de una antigua fábrica de armas y el momento atravesara los ojos de medio mundo; antes de que un ejército de seguidores pusiese en marcha una movilización digital de tres pares y fuera determinante para rescatar a Lula del abismo dándole la vuelta con un resultado a todas luces inverosímil sin que dé la impresión de que Bolsonaro hijo entienda todavía qué ha sucedido y, el padre, aún menos; antes de que el refrendo de medio mandato le estallase a Trump en la cara devolviendo la sonrisa a media humanidad y a buena parte de la restante a la que ya no le hacía ni pizca de gracia; antes de estas descargas, los visionados se habían llenado de un aroma opuesto al que hasta entonces venían haciendo de su capa un sayo, conduciendo a generaciones de todos los calibres y ubicaciones hacia posiciones ultra medievales cuando no habían urdido maniobras orquestales en la oscuridad alterando procesos participativos, rentables para sus intereses. La respuesta estaba en el viento. Y este se llenó de estudiantes a los acordes de instrumentos empuñados por la Orchestre du Nouveau Monde quien, a las puertas del ayuntamiento parisino, entona en español «El pueblo unido no será vencido» entre otras composiciones, después de que en esas mismas redes se rescatase hasta la saciedad la presencia de Quilapayún que, por mucho que pueda sorprender, continúa gira que te gira por América Latina. Y qué decir del ferlosiano «Gallo rojo, gallo negro» interpretado por Zoe Bonafonte en el cierre de «El 47» que salta por feisbuk, TikTok e Instagram en cuanto te descuidas trasladándote a una de esas sesiones en las que la historia narrada abocaba al espectador a recordar de dónde procede la inmensa mayoría si es que lo había olvidado y en qué extraño rompecabezas hemos ido a dar con el paso de los años al alcanzar un mayor bienestar. A mi, todo este componente diametralmente opuesto a los mensajes que se decía que adulteraban la competición, con Serrat cantando a Miguel Hernández cada dos por tres en imágenes de los setenta con un noi que entran ganas de comérselo, me llevaba desde hace meses a preguntarme si era casualidad, si se trataba del algoritmo aunque nunca le he dado a un me gusta y suelo detenerme por curiosidad en piezas de todos los tintes que no comparto con nadie, por lo que me pregunto si se ha activado un medio ambiente de naturaleza distinta a la que ha primado desde la instauración del invento o es que no me entero de nada, que es probable, y veo fantasmas. Un mundo este, el de las pantallitas, convertido en determinante para lo bueno, para lo malo y para lo peor. A saber hacia dónde resulta que nos encaminamos.