Cuando se venía encima el verano nos acercamos a una agencia de viajes para solicitar información en torno a cruceros fluviales, en concreto los que discurren por Danubio y Rin. Tampoco pretendimos ser muy originales.
Lo queríamos para bien entrado el otoño. Visto en perspectiva tuvimos suerte porque la persona que nos atendió no era la más entusiasta y ese distanciamiento que observó nos condujo a no contratarlo sobre la marcha. Igual estaba queriendo decirnos algo, pero no podía. El caso es que aquí tengo delante los pliegos con el número de expediente, el localizador, el tipo de cabina y demás al tiempo que días atrás salta el rebote de más de cien españoles quienes, debido a los bajos niveles de agua en el primero de los ríos mencionados, vieron cómo amenazaba la posibilidad de tener que hacer 1.500 kilómetros en autocar sin que la compañía, que es la misma de nuestro presupuesto, avisara al respecto pese a que en julio los parámetros para la navegación en condiciones eran ya un cante. Algo debían saber los involucrados en organizar estas travesías y un rosario de estancias más porque el azote de calor generalizado había llevado a que en Budapest, estrella del recorrido, los hoteles alertaban a los clientes sobre probables cortes de electricidad y monumentos y puentes pasaron días y días sin iluminarse. En fin, tipo eclipse, otro que tal baila.
Quedaba el Rin con un trayecto seductor allá donde los haya. Desde Maguncia, la tierra de Gutenberg para empezar, pasando por Estrasburgo y Colonia y terminando en Amsterdam. Se hace la boca agua. Y entonces una publicación suiza avisa que el gran río está a punto de quedar dividido en dos por la sequía y que al sur de Colonia las embarcaciones habrán de optar por afluentes como el Mosela y el Meno entre otros. Cualquiera es el guapo que se dirige a quienes te han vendido el paquete para plantear una rebaja por haber tenido que abandonar la vía principal, eje del invento. Y eso no es todo. Una semana atrás la bajada extrema del nivel habitual ha dejado al descubierto restos como antiguas estructuras de muelles de la época del Imperio romano, puertos fluviales sumergidos durante siglos, monedas antiguas, restos de conflictos bélicos…Que igual, al volver a casa, te encuentras con que te lo cobran porque la contemplación de estas apariciones no estaba incluida en el programa apoquinado. Como es de prever, siempre nos quedará Tabarca.