El desgaste

Falta un mes para que arranque el Mundial y leo en el New York Post que la Fifa ha puesto ya a la venta entradas para la final al precio de 33.000 dólares la unidad. Quienes estén pensando en acudir que no se demoren. Porque subirán.

     Un asiento para un partido cualquiera por el que hace cuatro años se pagaba en Qatar 1.600 dólares ahora está en 13.000. Menos mal que siempre acude Trump a animar el cotarro y en esta ocasión lo ha hecho para advertir que él no soltaría ni mil por acudir en Los Ángeles al debut de su selección. El responsable gubernamental del evento, Giuliani junior, salió al quite señalando que la organizadora es una entidad privada donde «no creemos en el control de precios. Además en este país está permitida la reventa por lo que si se ponen a una cantidad baja ni se sabe lo que terminarían costando», a lo que Infantino, mandamás del orbe balompédico, ha apostillado: «Estamos en la zona de entretenimiento más desarrollada del mundo, de modo que hemos de aplicar las reglas del mercado». Canadá ejercerá un control férreo del precio original y en lo que a México se refiere no quiero entrar no vaya a ser que me liquiden antes que a Ayuso.

      En este momento concreto no me zambullo en Estados Unidos ni aunque lo ofertase el Imserso ni tampoco me cuento entre los aficionados a los que le tiente acudir a una de estas citas. Los acercamientos a la selección solo han sido dos. Uno en un España-Rusia con Iribar y Yashin de guardametas que lógicamente acabó 0-0 y otro el del debut de Maradona en el Mundial del 82 en el que Diego no estuvo muy inspirado. En cambio me he hecho cientos de kilómetros de más para desviarme hasta El Salto del Caballo a ver a mi equipo cuando las propias autoridades sanitarias recomendaban no hacerlo. Es curioso que ni el famoso gol de Marcelino ante el enemigo endemoniado del régimen despertó el fervor ansiado. Sí es cierto que el tanto de Fernando Torres que selló el cambio de estilo instaurado por El sabio de Hortaleza unido a la explosión Iniesta cambió la dinámica y hasta en demarcaciones que pitan el himno a la menor ocasión brotaron críos cantando «¡Yo soy español, español, español», sin dejar de lado que los colores que heredamos al nacer son los que nos tienen arrebatados de por vida la vida al tiempo que se nos eriza la piel con escuchar el nombre del eterno rival. Franco se hizo el longuis, pero desde tiempo inmemorial estaba claro el predominio de una amplia mayoría social por la polarización.

     Así que en cuanto hubo posibilidad de practicarla la teníamos muy entrenada. Y no hemos defraudado. Encadenamos torneos provistos de todo un ambientazo, falta de consenso y confrontación guapa. Y, por si faltaba algo, se barrunta el posible retorno de Mourinho a la competición doméstica. Qué alegría por Dios.

Apología de la dignidad

A Francesca Albanese, jurista italiana, relatora especial de la Onu para los territorios palestinos ocupados, se le ocurrió presentar el verano pasado un informe en el que acusaba a grandes empresas de ser cómplices de la ofensiva de Israel en Gaza bajo el expeditivo titular «De la economía de la ocupación a la economía de genocidio». Aunque por la publicación meses antes de otro ya tuvo amenazas, con este ardió Troya.

     Lo primero fue retirarle el visado prohibiéndole entrar en Estados Unidos y, de paso, alejándola de la Onu. Efectivamente no hay por qué andarse con chiquitas y, de acceder al apartamento que la familia tiene por aquellos lares, ni de coña. Tras el preaviso fue incluida en la Office of Foreign Assets Control, la lista del Departamento del Tesoro estadounidense contra el blanqueo de capitales y el terrorismo por lo que se encuentra apartada de todo el sistema bancario internacional sin posibilidad de abrir cuenta en entidad alguna en toda la faz de la tierra. Ha de tirar solo con efectivo, no puede recibir transferencias ni donaciones ni su sueldo ni comprar un billete de avión por internet ni tener intercambio económico o en especie porque al que lo haga se le puede caer el pelo. «Mi marido, que trabaja en el Banco Mundial, o mi hija no pueden en teoría invitarme a un café porque igual les supone una multa de mil millones de dólares o imponerles 20 años de cárcel», le confiaba meses atrás a Íñigo Dominguez. Afortunadamente al prestigioso colega no lo han encontrado todavía con la cabeza espachurrada en el ordenador.

     Francesca contactó con el director general de Banca Ética para abrir una cuenta y, pese a reconocer la arbitrariedad a la que está viéndose sometida, admitió que se arriesgaba a no poder seguir realizando operaciones debido a que se enfrenta a sanciones millonarias y a quedar fuera de los circuitos internacionales de pago. Estados Unidos viola de este modo las normas de la Onu garantes de la inmunidad de sus funcionarios, lo cual a la Administración ya me contarán lo que le perturba. Marco Rubio, encargado de poner puentes sobre los charcos en los que se mete el jefe -es decir, que en teoría tiene curro garantizado- se ha acercado a limar asperezas con el Papa y con Meloni, aunque no con Albanese que vive en Túnez ya que la presidenta italiana no la tiene en sus oraciones. España, en cambio, acaba de pedir a Bruselas que las restricciones a las que se haya sometida no tengan efecto en la UE. Existe legislación, pero a Europa le da jindama. El cante eurovisivo que engendra monstruos. Eso sí la hija de la relatora ha presentado a sus 13 años una demanda contra el Gobierno federal con la pretensión de llevar a su presidente ante la justicia, mientras que esta mujer perseguida por tierra, mar y aire se ha plantado por primera vez en el Reina Sofía ante el «Guernica» para extasiarse, sentir el escalofrío al que la destrucción conduce y rearmarse de valor ante el empeño en el que anda metida. Que menudo cuadro.

La situación

Como saben el Congreso rechazó el decreto anticrisis de vivienda, portador de un par de medidas en materia de alquiler de la morada habitual, lo que ha abierto un escenario de incertidumbre para un contingente nada despreciable de inquilinos. Los impulsores están que trinan con quienes lo han hecho inviable y, unos por otros, ya se sabe: la casa sin barrer.

     Al igual que en los peores tiempos, toca concienciar. Con el acento puesto en las dificultades de acceso para los jóvenes preocupa que reine la psicosis. Ni siquiera la pléyade de contertulios que están por la labor saben por dónde hincarle el diente al drama ni la consabida reiteración tendría efecto, así que las cabezas pensantes han puesto en marcha un sistema más sibilino. Apenas 72 horas después del revés parlamentario La 2 programó «La vida por delante», una de las películas mejor consideradas de los 50. A los mandos de una propuesta con toques de neorrealismo italiano en la que se muestran sin tapujos las múltiples heridas de un Madrid descompuesto por el destrozo perpetrado años atrás se encuentra Fernando Fernán Gómez quien no solo la dirige, sino que también la protagoniza tras escribir el guion. A estas alturas de la vida, Fernando tiene dos hijos, acaba de separarse de María Dolores Pradera e inicia la relación con Analía Gadé. Total que, en esa década además de hacer teatro, este fiera rodó más de cuarenta producciones. Y como él mismo estampó en sus memorias, lo más complicado no era aprenderse el papel ni interpretarlo; lo más difícil era cobrar.

     La historia por supuesto va de las fatiguitas de una pareja para emprender el rumbo. Ella, con la carrera de medicina y él, con la de derecho, debuta como vendedor de aspiradoras, dibujante de tebeos, presentador en un espectáculo de variedades y profe en una escuela de señoritas. Se casan, viven en casa de los padres, se vuelven locos para encontrar algo en torno a las doscientas mil pesetas, dan con ello locos de contento, se sientan en la salita y él comenta: «Y ahora para abrir la puerta se quita la silla y para sentarse en el sofá se pasa la pierna por encima de la mesa». Una reconocida especialista en Ética y Filosofía como Adela Cortina explora nuestros días: «Me pone nerviosa oír que los chicos de hoy van a vivir peor con la de oportunidades de que disponen para crecer en lugar de andar siempre quejándose. Tienen internet, la IA, aprenden y se conectan con gente de muchísimos países, están en la UE y en el mundo mucho mejor situados». Comparado con la miseria y el aislamiento aquel no hay color desde luego. Lo que ocurre es que esta tesis en manos de los prebostes, tan artistas, conduce a que si nadie se preocupa de facilitar viviendas en condiciones accesibles a la plebe joven es por ellos. Para que exploren el mundo…

     Al día siguiente en hora de gran audiencia La 1 pasó «Vente a Alemania, Pepe», siguiente píldora para la audiencia. Y de esa manera a ver si la legislatura da más de sí.

La pulsión

Una colega seductora, a la que sigo con deleite en esos apuntes que suelta sobre aspectos de lo más mundanos y que te refrescan, ha celebrado a su manera el medio siglo que cumple el diario en el que pasa revista a lo que provoca alteraciones en su ventrículo cincelando una afirmación según la cual el sitio en el que se encuentra es ni más ni menos que «el periódico donde todo periodista quisiera trabajar y, quien lo niega, miente». He dicho que me gusta, no que fuera infalible.

     Buena parte del período señalado ha constituido posiblemente la época dorada del oficio en estos andurriales patrios porque existía verdadera necesidad vital de llamar al pan, pan y, al vino, vino, de escarbar en la red de malformaciones tejidas por poderosos y sátrapas para alimentar sus ambiciones con el españolito de a pie deseando acercarse al quiosco con tal de ver salir por fin todo eso a la luz. Ya antes de que el regidor del Pardo pasase a mejor vida -y la inmensa mayoría no digamos-, distintas publicaciones desde Cuadernos para el diálogo, Triunfo o Cambio 16 hasta La codorniz y Hermano Lobo esparcieron la semilla junto a alguna que otra cabecera incluso vespertina dando paso a que corrieran ríos de tinta fresca. Había ansia por un tiempo nuevo, aunque tentándose todo quisque la ropa para que no aullase el lobo. Ahí hubo quienes anduvieron prestos y pusieron en marcha un artilugio impreso que conectó enseguida con las aspiraciones del guion convirtiéndose en el acompañante bien visible de todo progre de salón y algo más tarde en «la biblia» como resultado de las maldades propias de los ingeniosos bebedores de noticias a altas horas de la madrugada. 

     La transformación social trajo consigo los mejores años jamás vividos en la Redacción.y no pocos rotativos locales dispararon la fortaleza de la que disponían gracias al arraigo. El bomboncito en el que se habían convertido multiplicó la dosis de independencia hasta consagrarse sacando a la superficie un filón de cosas tomatosas. Que Madrid siempre es Madrid, sin duda. Que la tentación vive arriba, por supuesto. Pero para eso está la cabecita y los buenos maestros que rodean a uno. Lo fundamental es poder ejercer tu función sin cortapisas y encontrarse a gusto en ese sitio. No lo oculta en su alegato mi gacetillera de compañía: «Luego vino el éxito, los años de poder y rosas. El narcotizante sueño en los laureles. Los roces, Las crisis. Las debacles. Las heridas que aún sangran en cuanto las tocas». Y tras el maremoto de 2008 que todos sufrimos, el registrado en la selva periodística de la capital también dejó pequeño al padecido dolorosamente en la periferia.

     Lo siento, amiga, pero jamás quise trabajar en un periódico que no fuera en el que lo hice por mucho que como lector lo haya escrutado desde el primer día. Sé que me vas a entender y mucho más si te digo que nunca he creído en la prioridad nacional. 

El desvarío

Después de bastante tiempo sin catar El intermedio pillo a Wyoming en acción dando paso a Santiago Abascal en un reciente mitin en Cádiz: «El mierda del presidente del Gobierno y la rata del ministro del Interior…» y hubo de hacer un receso en sus lindas palabras porque, espoleada, la chavalería situada al dorso prorrumpió con el sonoro «¡Pedro Sánchez, hijo de puta!» ante la expresión de satisfacción íntima reflejada en el rostro del inductor evitando sumarse a corear el cántico. ¡Qué control, qué caudillaje!

     Casi simultáneamente Melania se deshacía en epítetos con el popular conductor de «Late Night», Jimmy Kimmel. Dado que el inquilino de la Casa Blanca iba a estrenarse en la cena de corresponsales tras repudiarla a lo largo de sus mandatos y que con su presencia los habituales cómicos habían sido borrados del mapa para hacer de maestros de ceremonia, el ínclito detalló un par de días antes el monólogo acuñado en caso de haber recurrido a sus servicios. Ni que decir tiene que en él salían a relucir no pocas referencias a los tachones en las páginas del archivo de Epstein; a lo que hay que sumar una coña sobre si se encontraba algún médico en la sala, «¿y tenemos algún Jesucristo?», torpedo dirigido al Señor sanando a un enfermo creado por IA para mayor gloria del míster y donde no pasaba por alto el documental de la primera dama que, en una web especializada, las puntuaciones favorables eran tan raquíticas que no sería de extrañar que hubiesen llegado desde la sede de Vox. Bueno, pues, la protagonista llamó a Kimmel cobarde (?), portador de odio y violencia. Con posterioridad Trump ha responsabilizado a demócratas, medios y al humorista de lo sucedido en el hotel la noche de autos y ha pedido a Disney y Abc que lo despidan. Qué menos.

     Fuera de su ámbito directo de poder al temperamental mandatario le está costando más cargarse a los que no le hacen gracia. Si por él fuera, el Boss de toda la vida estaría una buena temporada dando recitales en Guantánamo exclusivamente. Pero EE.UU. es mucho EE.UU. y las instituciones resisten. Eso sí, no pocos de los que empezaron a su lado han ido cayendo como un castillo de naipes. Y en el entorno de Abascal, siempre intentando que aquel lo tenga en sus oraciones, no digamos. A Ortega Smith, con lo grande que es, tardó 13 minutos en decapitarlo. En cambio, el diputado de la Asamblea Regional murciana que soltó aquello de que «tenemos el deber de combatir, incluso con violencia, la aberración moral del aborto y la eutanasia» anda en el buen camino. Lo único es que, al aclararlo, aseguró no referirse «a ningún tipo de violencia material, sino a una resistencia firme en el terreno de las ideas». Y, claro, el jefe algo inquieto le ha espetado: «¿Ideas? ¿Pero qué ideas, Antonio?».

El respingo

Recojo los diarios al alba y me dirijo a hacer la caminata de rigor a un agradable bulevar sumergido en una arboleda frondosa. Primero hay que dejar el coche. El hueco lo encuentro ante la entrada a una urba. Se trata casualmente de Les Naus y me da un respingo porque hasta entonces no había ido a parar ahí. Saco una foto claro está. Es la mañana en que sale a la luz que la jueza ha imputado a quince almas benditas, entre ellas diez dueños de pisos. Alrededor de los bloques que componen el oscuro objeto de deseo apenas se palpa movimiento ni de entrada ni de salida. Un simple vistazo a las fachadas muestra un perfil con mayoría absoluta de persianas echadas. Los que accedieron a las viviendas por la senda correcta son los segundos en estar jodidos tras aquellos otros que fueron desplazados por los listos de la clase. El máximo mandatario municipal, que debe conocer al afortunado grupo desde tiempo inmemorial, ha mandado un notario a la mismísima casa del portavoz de Compromís al sentirse difamado y este arguye que lo único que ha hecho es trasladar lo ya publicado. Algún día la oposición se percatará de que también puede investigar y ser ella la que muerda. La Sexta, dentro de un espacio con galones dedicado a dar visibilidad a asuntos llamativos que nunca faltan, se plantó en la ciudad para recabar testimonios donde se toparon con la mudez de la viandante agraciada al percibir el micrófono a su siniestra, con la estampida de un pollo perteneciente a la nómina institucional al que le tocó el bote y con otro de los señalados al que pillaron en las cercanías del despacho y quien no tuvo remilgos en despedirse con una amenaza chulesca sin haber aclarado a la audiencia ninguno de los interrogantes. Menos mal que programa había previsto con lo que podía encontrarse y descansó el grueso del guión en la redactora jefa del periódico especializada en asuntos turbios que, junto a un equipo puntero, ha llevado a lo más alto del hit parade estatal la semiclandestinidad en la que se mueve la vivienda pública y la necesidad de protección que precisa. La caída de las ventas en el mercado inmobiliario va a más en lo que llevamos de año con contracciones que se han disparado hasta el 13,5%, enclavada en la falta de oferta que, junto a los precios elevados, hacen muy complicado el acceso para los más jóvenes. De regreso no dejo de darle vueltas a lo que tanto paisano viene rumiando desde que estalló un escándalo de efectos sumamente sensibles, el descaro reinante y el mercado de chanchullos aún por desvelar. Con Les Naus de nuevo enfrente escucho al alcalde advertir que «todo aquel que haya accedido de forma irregular debe responder». ¿Como él?



¡A la hoguera!

A Eduardo Mendoza se le ocurrió tiempo atrás deslizar que la novela había muerto y logró que lo persiguieran por la calle con un palo. Al escritor barcelonés, autor de «La ciudad de los prodigios», le pierde el sentido del humor y le va la marcha. Durante la presentación de su última obra al lado de casa el pasado día 13 no se le ocurrió otra cosa mejor que defender el cambio del nombre de la Diada tras sostener que el patrón de Cataluña no pinta nada en la celebración del 23 de abril: «Sant Jordi era un maltratador de animales y seguramente no sabía leer. No tiene nada que ver con el mundo literario, es un intruso. Esa fecha es el Día del Libro porque se conmemora la muerte de Shakespeare y de Cervantes. Pero, vamos, que me trae sin cuidado Sant Jordí».

      Medió días más tarde al son de «¡Era una broma!» para intentar calmar las aguas turbulentas, pero era tarde. Las juventudes de Junts han previsto reclamar la retirada de la Creu de Sant Jordi a uno de los narradores más reconocidos y galardonados que tenemos y esparcirán más de 7.000 octavillas en señal de disgusto. Y aunque el último ganador del Princesa de Asturias de Las Letras se fustigó públicamente señalándose con un «¿¡por qué no te has callado!?», la bola ha ido a más con la diputada Anna Navarro, de la cúpula de la formación, advirtiendo que «Sant Jordi no se toca», el senador Pujol arremetiendo contra los sectores que respaldan al octogenario de resplandeciente mostacho señalando que «son mala gente» y al mismísimo Puigdemont, que viste y calza, para el que se trata de una «revancha de resentidos». Por supuesto, Carles. Toda esta muestra de mesura en respuesta a la coña marinera del también Premio Cervantes ha sido espolvoreada en redes sociales, bajo perfiles anónimos y sosegados, con una llamada a la quema de libros del ilustre paisano en las próximas hogueras de San Juan. Pues, claro, faltaría más.

     Y sí, la base de la fiesta es Sant Jordi, instaurada a mediados del XV, que entonces se asoció al día de los enamorados y que durante algunos años se celebró en octubre. Fue el gremio de libreros, precisamente, el que en 1931 trasladó el Día del Libro al 23 de abril. El creador de «La verdad sobre el caso Savolta» opta por disgregar. En el fondo late la marabunta a la que están abocadas las tradiciones y que él padece en la caseta. En Alcoy este fin de semana el problema para acercarse a ver la entrada de los Moros y los Cristianos es dónde dejar el coche; en Sevilla, con la Feria, tres cuartos de lo mismo y así sucesivamente. Esperemos que Mendoza no figure agendado en ninguno de estos dos lugares durante las horas que se aproximan y diga una de sus ocurrencias porque cuando los localismos enardecen no se quedan atrás. Con lo que relaja reírse de uno mismo.

El teatro de la vida

De un modo llamémosle fortuito, y mientras investigaba los teatros de la metrópolis, una profesora ha descubierto por fin la ubicación exacta de la casa londinense de William Shakespeare. El problema de la vivienda, que no hay forma de destriparlo.

     Un actor de nuestro tiempo, Pedro Casablanc, intentaba hacer lo propio con su trayectoria y reconocía que un poco hartito de hacer papeles de malvado sí que anda. Por las huellas se pensaba que, en los últimos años de vida, el dramaturgo más famoso de Gran Bretaña se había retirado a su ciudad natal de Stratford-upon-Avon tras el incendio registrado en el Globe. Pero el recientísimo hallazgo descarta el presunto enclaustramiento y sitúa al autor pendiente de los avatares del teatro al tenerlo a cinco minutos del domicilio. Dentro de su peregrinar, Casablanc subrayaba que el quehacer desplegado en la serie «Querer» de Alauda Ruiz de Azúa le había resultado especialmente intenso al reconocer rasgos de esa mentalidad en personas reales lo que, a su entender, significó «una especie de autoterapia o auto venganza de lo vivido». Trasplantada una vivencia oscura de esa carga a un escenario en el que se ha de representar meses y más meses, siempre me he preguntado sobre el desgaste que significa para seres sensibles. Contemplarlos solo como espectador ya desgasta.

     Enrique Arce, el Arturito de «La casa de papel», uno de los sujetos más odiados de la archiconocida creación, también debe estar por un estilo. E insisto: es comprensible. Los dos últimos montajes a los que he asistido tienen poso, coinciden en que le dan un repaso a la vida y a sus fatiguitas, pero en ambos se ríe uno lo que no hay en los escritos y no por casualidad. Habían sido escogidos con precisión milimétrica puesto que el ocio no fue concebido para sufrir. Arce se encuentra en esa tesitura agobiante. Le han ofrecido encarnar a Carlos Mazón en una película enfocada hacia la gestión de la dana. Se va a hacer, ha asegurado. Impulsado el proyecto por Jaume Roures, no buscaría convertirse en un documental, sino en un largo de ficción que reflexione sobre la capacitación de las personas en cargos públicos. De entrada el actor no ha aceptado el reto: «Por ahora me veo incapaz. Soy valenciano, está demasiado reciente y me trae mucho dolor. Con Mazón no hay distancia emocional. Eso sí, es una película necesaria». Estaríamos ante un estreno marcado por la reflexión de Hamlet frente a la encrucijada de soportar la angustia. Y en este caso el propósito no ofrece dudas: que cada palo aguante su vela.

Que sea lo que Dios quiera

Durante los primeros meses de papado León XIV permaneció alejado del mundanal ruido. La verdad es que el hombre después del periplo de su antecesor -argentino- lo tenía chungo a la hora de perfilar su identidad, mientras que un porteño la trae ya de fábrica. El pontífice actual, natural de Chicago, ha ido con pies de plomo lanzando poco a poco píldoras sibilinas como la de no prestarse a formar parte de los fastos urdidos por la Casa Blanca para la celebración del 250 aniversario de Estados Unidos, a la que se sumó Ayuso concediéndole la Medalla Internacional de la Comunidad de Madrid. Pero, miren por donde, eso a Trump no le compensa y tras percibir la tostada que se le venía encima se lanzó al cuello del compatriota. Es la ventaja de su existencia: que resucita a un muerto.

     De manera que, tras deshacerse de los pies del plomo, el obispo de Roma ha desenfundado su «no tengo miedo a Trump, seguiré hablando contra la guerra» en respuesta al bombardeo por redes marca de la casa en el que el presi le llamaba de todo, desde «débil y nefasto» hasta advertirle que debería «dejar de complacer a la izquierda radical». En fin, lo típico. El caso es que esta salida del armario reflexivo y prudente en el que se encontraba instalado ha pillado a la iglesia española preparando la visita del soberano en junio nada menos que a Madrid, Barcelona, Gran Canaria y Tenerife. Es decir, un tour con la agenda sin cerrar y con todo este intercambio de golpes recién estrenado, provisto de una intensidad inusual, contribuyendo a que la expectación se desborde conforme evolucionen los acontecimientos. Aunque con el ínclito neoyorquino en danza siempre subyace la quimera de la distensión.

      Antes del choque entre estos paisanos amos del universo, cada uno en su especie, ya habían aflorado cositas en torno a la preparación del viaje. En concreto respecto del recibimiento mismo. Están quienes apuestan porque Su Santidad atraviese la Puerta de Alcalá acompañado por una gran comitiva en una entrada digna de un monarca absoluto al estilo de las protagonizadas por Benedicto XVI y Juan Pablo II y, frente a una pretensión de este tenor, los integrantes del comité de recepción que quieren verlo aparecer por Carabanchel dando prioridad de ese modo a los habitantes de las periferias.Yo no digo nada, pero en el contorno de la Puerta de Alcalá andan ampliando el diámetro florido y la Cibeles aguarda entre vallas lo que se venga encima. Dios dirá.

      Queda por cerrar igualmente si acudirá al Congreso y dará un discurso tal como solicitó en su día la propia Conferencia Episcopal. Pero, claro, con el rumbo de los acontecimientos aumenta el temor a que los ultras no acudan o monten el numerito ausentándose. Y, en otro plano, también está la posibilidad de que Rufián lo retenga hasta que no otorgue a su plan la bendición.

Un caso proverbial

La serie sobre el secuestro de Quini que anda por ahí arranca con imágenes del partido que jugaba en la jornada más larga de su vida. Puesto que el rival fue el Hércules, me encontraba en las localidades de prensa dispuesto a contar lo que ocurriese. Y lo que pasó es que al conjunto blanquiazul le cayeron seis, con dos del Brujo y con un Schuster estelar. A Koldo Aguirre, que en paz descanse, le picó la crónica y como buen vasco no disimuló ya que pilotó en torno a la disposición del partidillo del jueves previo en el que el técnico decidió prescindir de rival alguno entre la baraja de filiales preparando la cita contra el viento desatado que ciertamente era de aúpa. Como suena. Pese a todo el domingo no hubo forma de frenar el vendaval.

     El partido a la postre pasó desapercibido. Lo fuerte vino a continuación. Al delantero asturiano, que llevaba 18 goles, le enseñaron una pistola en una gasolinera y posteriormente le pusieron una capucha y lo metieron en el cajón dispuesto en una furgoneta. El lunes anterior había sido 23-F y el país vivía en un sobresalto con los asesinatos, secuestros y extorsiones de ETA, a los que también se apuntaba el Grapo de vez en cuando. Tres jóvenes mecánicos de un barrio de Zaragoza como otro cualquiera, acuciados por las deudas, asistían extasiados a lo que las bandas exigían por sus acciones y acordaron actuar. La decisión de los pobres diablos fue tan grotesca que la serie realizada 45 años después lleva la firma del guionista de «Aída», de «7 vidas» y de comedias de distinto calibre. Se trataba de una fantochada con una vida relativamente en juego y están los que han señalado que para dedicarse a la extorsión hay que cumplir unos mínimos. Dentro del mundo turbio que impregna el deporte rey, el mínimo por el que se decantaron Fernando, Víctor y Eduardo fue poner sus ojos en alguien considerado buena gente por el conjunto de la afición. Lógicamente los chavales no iban a enfrentarse a Migueli o al correspondiente del gran rival, el mismo al que en el descanso del primer choque que Biri-Biri disputaba en el Bernabéu se acercó para decirle: «Por favor, señor Benito, no me pegue más». En fin, es la amenaza secular que suponen los llegados de Gambia y otros parajes por el estilo a quienes hay que dedicarles eso tan salao de «musulmán, musulmán el que no bote» para que tengan claro quienes reparten el bacalao.

     La poli no sabía adónde mirar ni a quién recurrir; los confidentes cazaban moscas. Hasta que la mujer entró en juego, los mendas lerendas le preguntaban cómo se encontraba, ella se ponía negra y los detectives comprendieron que de terrorismo no estábamos hablando. Les tendieron una trampa y cayeron con todo el equipo después de haber tenido que dejarse una pasta en bocatas y en fabada Litoral porque hay que ver cómo jalaba el Pichichi. Enrique Castro renunció por escrito a la indemnización de cinco millones recogida en la sentencia y le dio el teléfono a uno de los tres para que lo llamase cuando quisiera. El Barça, que luchaba por el campeonato, no ganó ni un partido en su ausencia de donde parece deducirse que hasta los compañeros le querían. Con tipos así se acaba el negocio. O sea, que hay para rato.